Algunas horas más

Creí haberlo anotado bien. A ver, aquí está: Jueves, 14 de marzo. Y hoy es, ay, jueves, 7 de marzo. Pero la hora está bien: cinco de la tarde. Llegué con 168 horas de anticipación. Tan solo 168.  La secretaria sonríe y dice que no importa, que la doctora tiene un lugar disponible. Son dos pacientes y paso yo. Faltan dos minutos para las cinco, si se tarda una hora con cada paciente, estaré pasando a eso de las siete. Con este horario de invierno ya estará oscuro. Pero hace tres semanas que no vengo a verla. Si no hablo mucho, igual y para las ocho estaré saliendo; de cinco a siete minutos después, estaré en el carro; otros quince más y llegaré a casa. Tengo que lavar ropa, pero ya no serán horas para tenderla afuera, y con la secadora descompuesta desde ayer, podré poner a lo mucho una tanda. ¿Pero de color, blanca, mezclilla o negra? Pondré la de color. La tenderé en la lavandería, sobre la lavadora y la secadora descompuesta. Quizá ponga otro ciclo con la ropa de mezclilla. Al menos unos cuantos pantalones y los cuelgo en las sillas del comedor. Espero que se bañen los niños. Ahorita hablo para recordarles. Y que cenen. No hay jamón en la casa. Soriana lo cierran a las 10. Iré al salir de aquí. También hay que comprar pan para los lonches de mañana. Y la lámina. Tengo que comprar una lámina que les pidieron a los niños. Aquí cerca hay una papelería. Son las cuatro cincuentainueve. No ha salido aún el paciente y siguen los otros dos. Si voy y vengo a la papelería, en menos de media hora estoy de regreso. O puedo esperar a salir de aquí y luego ir. No, ya estará cerrada: pasaré mañana por la mañana, antes de dejarlos en la escuela. Lo anotaré. Ya llegó otra persona más. Espero que no se le acerque a la secretaria de mi doctora. Pasó de largo. La sala de espera está llena y son las cinco. Ya salió por fin el paciente y entró una señora. Debe tener mi edad. Pero qué delgada está. Seguro no cena. Cena. No he comprado las cosas para la cena del viernes. Mañana las compro. Después del trabajo. Necesito carne, tomate, cebolla, chile, queso fresco, cervezas y algún vino. Con eso. ¿Se estarán bañando los niños? Olvidé pagar el teléfono. Ni cómo hablarles. Debo recordar pagarlo mañana. Entonces compro la lámina, dejo a los niños, pago el teléfono. Este lugar no se ha vaciado nada. El señor que está sentado frente a mí no deja de mover los pies y las manos. Me va a volver loca el sonido que hace al chocar los pies en el suelo. Toc toc toc. Al consultorio de otro doctor entró un joven con un niño. El niño casi se pega en el marco de la puerta por ir jugando con su iPod. El iPod. No he llevado el mío a reparar. Conseguiré el número del lugar ese al que mi comadre llevó a reparar la pantalla de su celular. Era por el centro. Me dijo dónde pero no me acuerdo. Le preguntaré mañana. Son las cinco con un minuto. Los pies del señor aún golpean el suelo. Toc toc toc. Martillan. No se detienen. Y sus manos doblan y desdoblan un papel. Como un acordeón. Es difícil despegar la mirada de sus dedos, del papel y de sus zapatos. Y del suelo. Toc toc toc. Son las cinco dos, casi. Necesito ir por las láminas. Y el jamón. El pan. Soriana. La cena del viernes. Lavar la ropa. Pagar el teléfono. Mi iPod. Bañarlos. Dormirlos. La secadora no sirve. Anotarlo todo. Llamar. Salir de aquí. Irme. Venir después. En una semana. En 168 horas más.

Alisma De León

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