No digo nada

“Formas naufragas viajan a la deriva al encuentro con la nada misma”

-Ideas, Babasónicos-

Cuando desperté estaba en Cuatro Caminos. Nunca había tenido ningún negocio al final de la línea. Al principio hasta la casa, pero al final. Lo más lejos que he estado fue en Tacuba y más bien en su lado naranja y por razones de las que no quiero definitivamente acordarme. Pero en general nunca he pasado de Hidalgo. Pero camarón que se duerme, se pasa de camarones y  ahí estaba yo amodorrada y sorprendida en Naucalpan de Juárez. Como su nombre lo indica tenía cuatro opciones: Campo Militar número uno, que la verdad no es para nada lo mío. No creo que necesite mucha explicación; Centro Comercial Pericentro, tampoco estaba en la vena compradora, falta de ganas y de recursos básicamente; taxi de regreso, ya dije lo de los recursos, ¿verdad? Y simplemente dar la vuelta y regresar por dónde había venido.

Ser la última en salir y la primera en entrar, con suerte y al mismo tren, al mismo vagón, al mismo asiento. Dormir todo el camino de regreso y pensar con toda la razón que todo no había sido más que un sueño.

¡Venga pues, ánimo!– pensé.

Y conseguí lo del asiento y todo sin volver a pagar boleto por supuesto. El tren se quedó parado un rato con las puertas abiertas en espera de alimentarse de más pasaje y no servir solo de megalimosina de una servidora. Y efectivamente, empezó a llenarse pero única y exclusivamente de ciegos cargando en sus panzas una bocina a manera de bebé canguro. Estoy segura de que los han visto. Son los que venden todo el catálogo de José José, los tres tenores, Joan Sebastian, todas las románticas y un largo etcétera, por solo diez pesos le vale, diez pesos le cuesta. ¡Pero estaban todos juntos! Alrededor de 100 metros de metro, de vagones sin puerta entre uno y otro, miles de bocinas a todo volumen escupiendo todas las canciones del mundo.

Pensé que me había vuelto loca. Mejor, que en cualquier momento despertaría de aquella pesadilla y ni siquiera estaría en el metro, sino en una segura cama en el sur de la ciudad. Pero qué ilusa, nadie podría estar dormido con ese ruido infernal.

Me hice chiquita en mi asiento, me dio miedo no pertenecer a la cofradía, me aterrorizó pensar que si reconocían la presencia de un extraño me matarían a bastonazos, o subirían más el volumen dirigiendo todas las bocinas hacia mí hasta que se me reventaran los tímpanos y me mandaran a la línea nueve, con los demás sordos a vender libros.

Miedos absurdos y prejuiciosos los míos, nadie me prestó la más mínima atención. Cada uno ensayaba la cantaleta para vender su música con un fervor de lo más profesional. Tenía que ser preciso, atrayente, sonoro. En la siguiente estación algunos cambiaron de vagón, otros bajaron, otros permanecieron. A medida que avanzábamos se mezclaban cada vez más con la gente y se diluía su influencia sonora.

No dormí ni un segundo en todo el viaje. No pasó nada, salvo que ahora tengo muchísimas canciones nuevas. No digo nada.

Catalina Kühne Peimbert

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