Vínculos punzantes

Marcela se encariñó con una astilla. No hay destino, sólo circunstancias: ella estaba ahí, descalza por ingenuidad, por la candidez ridícula que le entra con el verano y su astilla esperaba sobre la superficie del piso, con la inclinación perfecta para traspasarle la piel del pie.

Ignora si su astilla proviene de un trozo de madera o si es el único vestigio de un elegante florero. El pasado de ambas se volvió irrelevante desde el momento en que se cruzaron.

La punzada con la que se introdujo fue de tal magnitud que su cotidianidad quedó en pausa y a Marcela comenzaron a ocurrirle cosas nuevas:

Quemó la carne del horno.

Abandonó el libro.

Perdió contacto con las amigas.

Pongamos que con trabajo y por cariño, va adquiriendo la costumbre de caminar un poco de lado, sin asentar del todo el pie. Su cuerpo percibe el dolor pero se adapta a su forma, como si su piel hubiera nacido para recibir aquella pequeñísima estocada.

Los familiares le preguntan si ocurre algo, extrañados por la cara de incomodidad que trae consigo últimamente.

—No es nada –debe decir– no he dormido mucho en estos días.

Nadie lo comprendería ¿Cómo podría explicar que se ha encariñado con el dolor?

Pasa tardes enteras en minuciosas sesiones de observación tratando de vislumbrar donde termina su cuerpo y dónde empieza el ajeno, intentando recordar cómo era el antes.

Algunas veces el pie toma un color rojizo y la piel alrededor de la astilla se hincha adquiriendo un doloroso brillo que le hace muy complicado ponerse de pie, atender a los clientes de la oficina o regar las plantas. Pero así mismo, al instante siguiente, las cosas vuelven a la normalidad y no queda rastro de la molestia.

Son estas intermitencias las que hacen dudar a Marcela. Nadie quiere convertir el dolor en un estilo de vida pero, ¿y si la astilla se ha encariñado con uno?

Sueña que se corta la pierna, que toma un serrucho y se despide de la extremidad a fin de no provocarle daño a su astilla. Despierta sudando. Agota los estantes de la biblioteca pero en ningún sitio encuentra un tratado, ni siquiera un folleto que le permita profundizar en el tema de las astillas.

En alguna parte escucha que un cataplasma de hierbas puede ayudar a que la astilla salga de forma natural, a su ritmo. Pasa muchas tardes absorta en ese ritual, con más fe que certidumbre.

Después de múltiples fracasos se dirige al hospital general para solicitar ayuda pero ahí nadie toma con seriedad su dolencia, los días se convierten en una sucesión de paracetamol y salas de espera. Averigua un poco entre sus conocidos y saca cita con un médico particular.

El doctor —lentes redondos, bata impecable— posee un aire paternal y escucha todo lo que Marcela tiene que decirle. Ella, por supuesto, omite los detalles vergonzosos y por eso evita  hablar acerca de la sensibilidad por su astilla.

Él coloca encima del pie una gran lupa sostenida por un brazo mecánico y se pone sobre la frente una lámpara como las que usan los mineros. La atención que pone al detalle hace sentir a Marcela tan aliviada que por un momento olvida que falta la parte más importante del procedimiento.

Pasa un buen rato mirándole el pie, acercando y alejando su lupa. Finalmente da un resoplido, como si al fin lo hubiera comprendido todo. No solo la ubicación de la astilla sino el origen de todas las angustias de su paciente.

Estira la piel y clava una pinza con tal intensidad que ella teme que también la pinza se le quede incrustada. Imagina un futuro posible en el que tiene que caminar arrastrando un montón de cachivaches inútiles y dolorosos.

—¿Mejor? –, dice él al terminar.

Ella contesta que sí más bien por compromiso. Por la misma inercia que la lleva a asentir y sonreír en casi cualquier situación en la que no se le ocurre otra cosa.

Antes de salir del consultorio Marcela pregunta dónde quedó la astilla

—¿Querías conservarla? –, dice el doctor entre risas.

Con este gesto salva a Marcela de hacer el ridículo, de contestarle que sí.

Lolbé González Arceo

 

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