Reina por un día

Hoy descubrí el secreto encanto que proporciona el ser la reina de una combi o autobús: viajar en el asiento delantero o, por qué no, en el estribo, junto a un valeroso hombre que se enfrenta a motociclistas de pulcro casco, hombres y mujeres neuróticos, autos último modelo y taxistas. Son muchos los beneficios de ser la persona que acompaña a ese feliz individuo de incansable astucia, que busca tretas para evadir a los astutos conductores de otras combis, quienes silentes, protegidos por la multitud de las calle, amenazan con robarle el pasaje. En primer lugar, el indiscutible sentimiento de superioridad que brinda el haberse convertido en el elegido de ese sujeto que aunque sea por escasos momentos es de primordial importancia para algunas decenas de pasajeros; no porque hayan puesto en sus manos doce pesos, sino porque junto con ellos han depositado su vida y la cada vez más lejana esperanza de llegar a tiempo a su destino. Todo esto lo intuye ya el acompañante del conductor, dueño y soberano de aquel mueble: puede ver los ojos suplicantes, los continuos vistazos al reloj y, más aún, las indiscretas miradas de envidia que, como un aliciente a su ego, le dirigen otros pasajeros que sueñan con disfrutar de tales privilegios. Por ejemplo, hacer parar sin la menor preocupación al amigo conductor para detenerse en la tienda a comprar un par de chicles, para platicar con algún otro trabajador del volante o, en el mejor de los casos, para conseguir monedas porque el cambio se ha terminado. Pero mejor aún es el tener la posibilidad de recorrer las calles de la ciudad gozando de la inigualable vista panorámica que da el amplio cristal de combis y autobuses, esperar cada semáforo para llenar de halagos  por su prudencia a ese héroe contemporáneo que desafía sin temor a agentes de tránsito y semáforos que, como molinos de viento, se erigen en monstruos implacables. Ni que hablar del inigualable placer que implica el obligar a los pasajeros– a escuchar por tercera ocasión una melodía del  “Gallo de oro” o un acompasado reggaetón que sin lugar a dudas pone a la combi entera a bailar de alegría, además de excitar a los niños y poner de buen humor a los ancianos. Todas estas facultades las tiene la acompañante del chofer, la mujer u hombre que con su perfume endulza las horas de los viajantes. Pasar la vida así, en idilio perpetuo, teniendo la felicidad de otros en tus manos es invaluable. Por todo ello, hago un llamado, una súplica dirigida a todo aquel que se crea capaz de acceder a mi petición: quiero ser por un día la reina de una combi.

Nidia Cuan

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