El cuerpo sabe

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Cuando Sari cumplió 40, sus manos empezaron a blanquearse en ese pequeño cuenco que se forma entre el índice y el pulgar. Yo la conocí mucho tiempo después, cuando su rostro exhibía una blancura impecable que contrastaba muy bien con su cabello rojísimo. A pesar del calor de ciertos días, Sari llevaba siempre pantalones largos, blusas de cuello alto y una bata blanca que le confería un aire profesional. Si bien mi primer encuentro con ella fue algo hostil, pues me jaló mucho el cabello, e incluso aventuró la hipótesis de que yo nunca pasaba un peine por mi cabeza (lo cual era más o menos cierto), seguí requiriendo de sus servicios durante varios años. En mis sucesivas visitas, la voz de Sari se fue endulzando y mientras me depilaba las cejas, me cortaba u oxigenaba el cabello, o definía luces y destellos en él, fragmentos de su vida se iban diseminando por la atmósfera del salón, envolviéndonos en una burbuja de nostalgia, sueños de juventud y amoniaco.

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Cuando Vivian cumplió 15 años, su cuerpo se desvaneció en medio de la cancha de basquetbol de su escuela secundaria. No faltó quien corriera el rumor de que estaba embarazada, tampoco quien atribuyera su desmayo a un caso no asumido de anorexia. Vivian se reincorporó minutos después en medio de la confusión y varias decenas de fisgones. Regresó a casa con el espanto bien guardado y el disimulo alerta. No mencionó nada frente a sus padres, quienes llevaban varias semanas concentrados en divorciarse de una vez. Vivian continuó yendo a la escuela, un poco para escapar de casa y otro poco para comprobar a los demás que sus rumores eran falsos. También intentó seguir llevando la vida normal de una chica de 15 años, pero sus padres llegaron con la noticia, ahora sí definitiva, de que su separación era inminente. Vivian se negó a aceptarlo y, aunque se esmeró en aparentar que era un ser fuerte, capaz de sobrellevar el divorcio de sus padres y mucho más, en el fondo de sí acunó el deseo –como una promesa de vida o muerte– de que algo determinante sucediera con ella a fin de evitar la ruptura familiar.

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Silo tiene 32 años pero aparenta algunos más. Su andar es un poco cansino y una lejana tristeza tiende a entrecerrar sus párpados. Aunque a primera vista lo que destaca en él es su corpulencia y lentitud, una vez que empieza a hablar surge una voz llena de vitalidad y bien templada. Sus palabras fluyen con la cortesía de un ser milenario y sabio, quien lo único que ha podido sacar en claro acerca de la humanidad es que hay que tenerle compasión. Los brazos de Silo son enormes y aunque su piel es oscura, no hay ni un milímetro en ellos que no esté cubierto de tinta. Sus tatuajes se entrelazan entre sí para formar múltiples diseños involuntarios, llenos de colores, líneas y texturas. En el nacimiento de las muñecas, la tinta se empieza a disipar y sólo unos cuantos símbolos y letras han logrado hacerse de un espacio en las falanges de algunos dedos. Además de estos dibujos, sus manos muestran otras marcas: unas zonas excesivamente claras comparadas con el tono de su piel morena; son manchas como lagos de leche, irregulares, como piezas de un rompecabezas en blanco. Un retrato de Silo estaría siempre inconcluso si no nos detuviéramos a destacar que su pulso es extraordinario y que domina con gran virtuosismo los trazos de las agujas sobre la piel.

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Karla siempre quiso comerse al mundo, tanto en sentido literal como figurado. Tal vez por eso fue una niña gorda, cuya voracidad no conocía límites: comía tanto como escalaba árboles, exploraba azoteas, corría distancias inconcebibles, nadaba, andaba en bicicleta y patineta, se metía a jugar futbol con los niños, e incluso se aventuraba en las retas de luchitas con los mayores. Su voracidad derivaba de un deseo ferviente de aventuras que sólo se veía sofocado al darse cuenta de que, en muchos contextos, no pasaba de ser “la gordita”, a quien escogían de último en los equipos de cachibol y cuya popularidad residía en ser el mejor blanco de las burlas en la escuela. Karla se hizo mayor y con la edad vinieron dos promesas fundamentales: nunca más ser “la gorda” y comerse el mundo. Ambas cosas las cumplió a consciencia, en plena libertad y, hay que decirlo, hasta sus últimas consecuencias. También hay que decir que la voracidad de Karla se fue transformando en un anhelo apremiante por sacar hasta la última gota de experiencia que el mundo tuviera para ofrecerle. Así fue como Karla se embarcó en múltiples empresas intelectuales, viajeras, de amistades, festivas, sensoriales, emocionales; empresas que dejaron de ser una necesidad irrefrenable cuando su cuerpo dejó de reconocerse a sí mismo.

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A los 40, Sari escuchó a su marido pedirle el divorcio, alegando como excusa que no podían tener hijos. Ella firmó los papeles mientras asimilaba el final de su matrimonio, la anulación de su sueño de ser madre y su soledad. Dejó todo y se fue a vivir sola, tomó unos cuantos cursos y puso su estética. De aquella Sari quedan algunos recuerdos y la certeza de que, a pesar de todo, le ha ido muy bien en la vida. A veces se acuerda de que la Sari de antes tenía la piel apiñonada, pero casi siempre se mira el espejo y la imagen presente le sonríe. Sari se dedica al arte de transformar la apariencia de las personas, y ella mejor que nadie sabe de lo que eso se trata.

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Justo antes de cumplir 16, Vivian fue diagnosticada con diabetes. Al principio, la enfermedad pareció funcionar como una buena excusa para mantener a sus padres unidos, pero poco después fue el detonante de la ruptura definitiva. Vivian sintió durante mucho tiempo el ominoso peso del deseo cumplido y del destino incorruptible. Asumió su enfermedad tanto con valor como con miedo, pues aquello representaba la confirmación del poder de la mente. Desde entonces Vivian no volvió a desear nada con tanta fuerza. Para su fortuna, encontró un modo de explorar y canalizar su enfermedad y el deseo que la había desencadenado: estudió psicología. Ahora, antes de iniciar cualquier trato con sus pacientes, no duda en advertirles “tenga usted cuidado con lo que desea”.

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Desde niño, a Silo le habían augurado un futuro nada prometedor: sería un bueno para nada. Los años de escuela parecían confirmarlo: fue expulsado en repetidas ocasiones, no tenía facilidad para socializar, era constantemente acosado por sus compañeros y sus reacciones violentas al defenderse lo obligaron a cambiar de escuela cada ciclo. Al llegar a la adolescencia empezó a propagar su fama de maleante, más como una forma de ganarse el respeto de los otros que por sus fechorías. Un día Silo tomó un lápiz y comenzó a trazar figuras en una hoja en blanco. Descubrió, después de llenar varias hojas con rostros, cuerpos y manos, que quizá sí era bueno para algo. Desde hace muchos años, Silo se dedica a hacer tatuajes. Ha dejado de ser “el negro”, “el gordo”, “el maleante”. Ahora es Silo, el tatuador, y su respeto deriva ya no del miedo sino de la admiración por su trabajo. Sus manos empiezan a destintarse, pero él domina el arte de marcar la piel con armonía, belleza y significado.

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A los 28, Karla creía que estaba a punto de llegar a la cima del mundo, pero en uno de sus viajes, en medio de una selva remota, en lo oscuro de una cueva, con el flujo de un río implacable cercando su cuerpo, se dio cuenta de lo fácil que podía ser la muerte. Se guardó el secreto y siguió con su vida, aunque algo adentro de ella se había roto para siempre. Era una ruptura extraña: de repente Karla no podía hablar, no podía comer, no podía contemplar. Su cuerpo se volvió la imposibilidad de actuar a tono con la demandante voracidad que cada día le era exigido. Karla tardó varios años en asimilar su nueva condición, lo curioso es que en ese tiempo se dio cuenta de que la vida, la experiencia, la aventura, igualmente pueden ser vividas a través de los otros, y que pocas cosas tienen sentido sin ellos. Ahora Karla se dedica a explorar los vericuetos de la experiencia en la memoria, a conocer las aventuras ajenas, a examinar los orígenes de las enfermedades y, en especial, a contar historias en las que los cuerpos son mucho más sabios y elocuentes de lo que uno cree.

Karla Marrufo

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