Algunas cosas necesitan lentes

Tenía seis años cuando me colocaron los lentes. Ahí empezó más clara mi memoria, aunque tengo vagos recuerdos de cuando no los usaba, antes de ellos todo recuerdo es borroso. El oftalmólogo puso sobre mis ojos unos pequeños lentes grises de plástico con una cuerda rosita que rodeaba mi cabeza y se me enredaba en el pelo. En ese momento supe que muchas cosas en el mundo tenían que tener lentes.

Con lentes se veían mejor las letras, más claros los colores, el dolor de cabeza desaparecía, lo lejos era lejos y lo cerca era cerca. Descubrí que mi abuela era más canosa y arrugada de lo que yo suponía. Imaginé también (en aquel momento) que cuando estuviera viejita –por esto de usar lentes– quedaría ciega como mi abuelo, y la abuela tendría que andar pegada a las paredes como mosca y en silencio como fantasma.

En la noche cuando me acostaba y la luz se iba, tomaba mis lentes y me los ponía en el pecho. El corazón necesitaba lentes. Mi corazón era como una cajita que al ponerle lentes se abría para mirar los sueños.

En la primaria Lucas me decía cuatro ojos. Me quitaba los lentes y corría por el patio. Gaby, mi amiga, me dijo que yo le gustaba a Lucas. Lucas, necesitaba lentes. Él tenía que ver que a mí no me gustaba él ni tantito. Era güero; sus pelos llenos de gel se le paraban. Era como un pollo güero, remojado, flaco y sin plumas. Y me decía cuatro ojos.

Cuando murió mi abuela, mi madre dijo: tu tía llora tanto que va a formar un lago, y de tanto llorar, tu tía se va a secar. Con diez años mi imaginación llegaba a verla sentada en medio del agua llorando, inundada hasta el cuello y cuando no tenía más lágrimas, el agua empezaba a bajar enterrándola en el lodo como un renacuajo. Ahí supe que las lágrimas necesitaban lentes. Ellas debían ver que era necesario que mi tía llorara por la eternidad para que el lago nunca se secara.

A los 20 años descubrí que el amor es ciego, completa y estúpidamente ciego. El amor necesita usar lentes.

Ahora a los 30, ya no soy cuatro ojos como decía Lucas, ahora creo en eso de la intelectualidad. ¿Lucas? Desde quinto grado de primaria no sé de él. Probablemente sigue siendo un pollo güero remojado y sin plumas, desde chiquito se notaba que no mejoraría mucho.

Los lentes son fríos, cansan, lastiman, marcan la nariz. Usar lentes es tener la mirada tras un cristal que se ensucia y se limpia según el caso.

Sin lentes, no hay subtítulos en el cine. Las personas se vuelven fantasmas. Sólo cerrando los ojos a punto de escaneo puedo distinguir al bulto de persona que se acerca. Sin lentes no saludo en la calle. Porque nunca los vi.

Asenat Velázquez Jiménez

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