Ese cachito que se me va cada que comparto en Facebook

“And maybe I’ll get famous as the man who can’t be moved
Maybe you won’t mean to but you’ll see me on the news
And you’ll come running to the corner
‘Cause you’ll know it’s just for you”

The script, “The man who can’t be moved”

Cada que comparto algo en Facebook, siento que se me escapa un poco de magia. Y aunque suelo reservarme lo más íntimo –porque conservo ese deseo romántico de encontrarme en la calle a esos amigos del pasado y escucharlos decir: “¡Hey! ¿Qué ha sido de tu vida?”, en lugar de sumarnos a este tren en el que las personas parecen saberlo todo de todos–, de pronto me entra la euforia y me da por contar detalles.

Cosas simples: ese bache que se me cruzó en la calle, ese video que me parece interesante, esa marcha que me indignó; pero es al platicar acerca de las cosas pequeñitas que hacen mi día feliz cuando la magia comienza a irse.

Como esa noche en que compartí la canción que me ayudaba a encarar lo que pintaba como un mal día y a la mañana siguiente, al poner la canción, supe que había perdido su efecto endorfina.

Así llegué a la conclusión de que el estímulo que recibimos de muchísimas cosas subyace en el hecho de que son algo nuestro, de que actúan como una especie de líquido fosforescente, inyectado directo en la vena, que viaja por cada parte del cuerpo y lo hace brillar. Un pequeño truco, un secreto. Y aunque resulte lindo compartirlo, al hacerlo, deja de pertenecernos y pierde su magia. Quizá también sea por esta razón que tardo en decir las cosas, que me las guardo por algún tiempo antes de soltarlas o incluso no lo hago. [Claro, esto me ha traído problemas del tipo “no me dijiste eso nunca” o “¿hasta ahora lo dices?”, así que manténganse a salvo y no lo intenten en casa]

Pero mientras escribo a detalle las razones por las cuales hay pequeñas cosas que no deben ser compartidas, en mis audífonos suena –en modo repeat one– The script con una canción que el mayor de mis hijos hace sonar cada que vamos de regreso a casa.

Y en ese momento, justo al caer la tarde, también soy feliz.

Alisma De León

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