Las nociones del ridículo

—Le dolió el amor propio –escuchó que dijera su mamá desde la cocina.

Desde entonces Germán se quedó con la idea de que el amor propio estaba en el centro del pecho porque ahí sentía un pinchazo cada que se descubría fuera de lugar o ridículamente equivocado.

Tenía seis años y acababa de regresar de una fiesta infantil.

—Ahí están los demás niños –le había dicho su tía Rosaura– ¿Por qué no juegas con ellos?

Salir con Rosaura era ventajoso para Germán por varios detalles: podía ponerse los botines de gamuza que no le dejaban usar para ir a la escuela, sentir el olor de cigarro impregnado en el aire acondicionado del auto, escuchar la música a todo volumen y cantar usando el micrófono invisible que ella le pasaba durante el rojo de los semáforos.

Con todo y eso también significaba tener que convivir con niños a los que no conocía y con los que se esperaba que hiciera migas. La posibilidad de no ser admitido lo ponía nervioso.

Los adultos suelen ignorar la complejidad del mundo infantil, creen que todos los seres pertenecientes a la categoría niño pueden y sobre todo deben convivir en armonía con otros, que su condición de nuevos en el mundo los habilita para socializar de forma instantánea y organizar juegos.

A Germán le parecía una lástima que cuando llegaban a las fiestas el mundo se bifurcara y tuviera que quedar muy lejos de Rosaura: él, área de los juegos y ella con los mayores.

—Anda ya –repitió ella– no seas tímido

Para su sorpresa en esa ocasión fue sencillo, le bastó con pararse cerca de los demás y patear una pelota que pasó a su lado. Después de un rato ya estaba corriendo con unos niños que no eran sus primos ni sus conocidos pero con quienes trabó una especie de amistad exprés.

Al final de la fiesta alguien avisó que se tomarían una foto. Los niños, que se conocían entre sí, hicieron una rápida formación y Germán se agregó al instante:

—Tú no–le dijo uno de ellos, y luego le dio un empujón para que no quedaran dudas.

El empujón impactó en el brazo izquierdo pero el dolor se manifestó en el pecho, fue de mediana intensidad y se sintió como una punzada pequeña. Germán miró a los niños sonreír e improvisar muecas para las fotos mientras el tiempo adquiría una elasticidad de chicle de fresa que hacía que todo frente a él pasara lento y borroso.

Al girar la cabeza se dio cuenta de que, desde el otro lado del local, Rosaura lo observaba. Entonces la punzada en el pecho tomó su forma completa, encontró la oportunidad para presentarse a sus anchas y él comenzó a producir un llanto que no pararía sino hasta muy entrada la noche.

No odió al chico que lo empujó sino a su tía. Fue la mirada de Rosaura sobre él la que provocó que Germán acomodara los acontecimientos de una cierta forma que resultó ser dolorosa.

Porque el ridículo es lo inapropiado que de tanto expandirse casi logra tocar los límites del patetismo y para Germán su ridículo tenía propiedades expansivas. Tras el empujón y el silencio de Rosaura vendría, podía adivinarlo, el “¿Qué te pasó?” de su mamá y los cuchicheos en la cocina.

Sin testigos habría podido levantarse del piso, ir al baño y regresar a la mesa para pedir un refresco, simular que nada había ocurrido. Ahora tenía frente a sí a Rosaura con el gesto trabado tratando de comprender cuál sería la reacción adecuada en esos casos.

El camino de regreso fue tan atípico que hasta pocas esquinas antes de llegar a casa la tía se dio cuenta de que el estéreo estaba apagado. Lo encendió en un intento por recobrar la naturalidad pero cuando iba a pasarle a Germán el micrófono invisible se fijó que él tenía un lagrimón rodándole por la mejilla, que jugar a los cantantes estaba fuera de lugar.

Desde entonces tomó nota: cuando hay testigos es que verdaderamente el ridículo existe.

Con discreción aprendió a mirar cómo le cambiaba el gesto a la gente cuando se sentía humillada, a identificar la forma en que las comisuras de los labios revelaban la sonrisa nerviosa. Supo que ese malestar era la razón por la que las personas simulaban no sentir dolor cuando se golpeaban con una rama o chocaban con un cristal.

Después de eso nunca pudo volver reírse con los especiales de fin de semana de los tres chiflados, creía que alguien tenía que compadecerse del dolor del humillado y como todos los demás soltaban la carcajada, Germán se asignó ese papel.

Con los años llegó a pensar que habría sido piadoso de parte de su tía y su mamá no decir palabra, prescindir de los cuchicheos y actuar con naturalidad, evitar con sus reacciones ponerle en frente una especie de espejo que sólo le devolvía una imagen que lo avergonzaba.

Todavía hoy, mientras camina por la calle, Germán finge no haber visto nada cuando alguien se tropieza o le da los buenos días a un maniquí confundiéndolo con persona. Lo considera un acto de bondad, su aportación al mundo.

Lolbé González

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s