Pequeños regalos

El invierno tiene un aroma en particular, no sé qué es.

—Son los microbios en el ambiente que se perciben más por la temporada –dijo un amigo.

No le hice caso.

Sí, soy una romántica del invierno y, de paso, de la Navidad.

Es una escenografía que toma forma poco a poco, con el pasar de los días y con la disminución de la temperatura en el termómetro. El invierno es la recta final del año que se llena de posadas, intercambios, cenas y nuevos –o viejos– propósitos.

Dicen que la Navidad es también un tiempo para compartir y reflexionar nuestras acciones; una época de dar amor y perdón. Pasar las fiestas con los tuyos y disfrutar. No diré que no lo es, tampoco que lo sea por completo. ¡Pero siempre hay regalos por doquier!

Recuerdo uno en particular. Cuando era niña soñaba con ser una defensora de la justicia y pilotear un enorme robot en forma de animal prehistórico. Deseaba un aparato increíble que fuera capaz de cambiar mi vestimenta por un traje unicolor y protegiera mi identidad con un casco resistente. Como niña lista, dejé mi carta secreta a Santa Clós en el pino de Navidad de mi abuela. La oficial la dejé en mi casa. El señor del traje rojo era capaz de obtener cualquier cosa para regalarle a un niño si había sido bueno durante todo el año. Yo lo fui, por lo que me tomé la libertad de pedirle ese regalo especial en una carta adicional.

En Navidad, acostumbramos ir a casa de las abuelitas a dar el abrazo correspondiente. La mañana del 25 salimos hacía allá, luego de abrir los regalos bajo nuestro árbol. Cuando por fin llegamos, saludé a los presentes y aproveché que todos estaban ocupados dándose abrazos y felicitaciones, para ir al árbol y que nadie supiera mi secreto.

¡Ahí descubrí una pequeña caja con mi nombre!

La tomé emocionada y fui a la habitación de mi tía. Era un momento privado.

Abrí ansiosa el regalo y descubrí el pequeño artefacto. Aspiré de emoción.

Tomé en mis manos el obsequio. Negro y plateado. Con una moneda dorada al centro y un tigre dientes de sable grabado en ella. Sentí mi sonrisa dibujarse. Omití que lucía muy diferente a lo que había visto en la televisión. Era de plástico y tenía una pequeña correa para usarlo como hebilla de cinturón pero… ¡Era mi Morpher!

Santa sí había llegado a ambas casas y leyó mi carta. Fui buena ese año y él lo supo.

Hay una pequeña parte dentro de mí que sigue siendo esa niña. La que me recuerda la existencia de esa felicidad incontrolable que sentía desbordarse de mi cuando salí de la habitación.

Mi familia continuaba en la euforia navideña. Tíos y abuelos preguntaban por los niños y sus regalos, pero el mío se mantendría en secreto.

Mi faceta como defensora de la justicia comenzaría ese invierno.

Sandra Ramírez

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