Vacaciones permanentes

When you’re on a golden sea

You don’t need no memory

Just a place to call your own

As we drift into the zone.

(Island in the sun – Weezer)

Si pudiera tener vacaciones de por vida despertaría temprano sin configurar ninguna alarma, sólo para ver caricaturas, y volvería a dormirme después del desayuno; caminaría por lugares desconocidos hasta que se me hincharan los pies. Tomaría el coche –que no tengo– para visitar todas las ciudades donde viven mis amigos y familia; olvidaría la fecha o el día de la semana en que vivo; usaría el celular sólo para tomar fotos y comería diario platillos que no puedo cocinar en casa. Si tuviera vacaciones permanentes tendría tiempo para pintar la cocina, para llevar a mi heredero al parque, para ver películas toda la tarde sin remordimientos por los trastes sucios.

Dicen que las buenas vacaciones son aquellas de las que tienes que reponerte, y que son buenas sobre todo si se deja atrás un ambiente hostil, si se convive con gente amada y si se conocen lugares nuevos o se vuelve a aquellos que llenan el alma.

La primera vez que deseé no regresar después de vacaciones tenía ocho años. Estaba en la casa de mis abuelos paternos, ubicada junto a las vías del tren en un pueblito pequeño del sur de Tamaulipas. Tenía muchísimo espacio para correr y jugar, según recuerdo, y cada año se convertía en el punto de reunión para toda la familia. Una tarde de ese verano deseé quedarme a vivir ahí: para poder ver a mis primos todos los días, para viajar en tren a diario, para despertar con el canto de los gallos y corretear pollos. Pero extrañaba la tele, o los canales de antena que no llegaban a ese lugar; quería al mismo tiempo tener a mis amigos de la escuela, mis juguetes, mi cama y a mis otros abuelos. Ya en la madrugada no podía dormir, me preguntaba, con algo de angustia, si lo que se veía a lo lejos, en lo más alto de un poste, era en realidad una lechuza-bruja o sólo algún producto de mi imaginación y la debilidad visual. La culpa la tenían los cuentos de miedo que mis primos residentes me contaron antes de irnos a dormir. En ese momento deseé más fuerte regresar a casa, a mi cuarto que no tenía ventanas.

Otros recuerdos vacacionales de aquellos tiempos son los trayectos en carretera. A esa edad yo obtenía mis gustos musicales de mi papá, así que él grababa en casete las mezclas más raras para regalármelas: desde Garibaldi, Bronco o Los Tigres del Norte, hasta Los Fantasmas del Caribe, Pega Pega o Tropical Panamá (no, mi gusto por el rock no es su herencia). Me emocionaba cada vez que él llegaba con un casete nuevo, no podía esperar el momento de ponerlo en el estéreo del coche y cantar juntos a lo largo de algún viaje. De ida o de regreso.

Con la adultez, las vacaciones se vuelven brevísimas, casi siempre se acaban antes de desear volver. Pero aunque el problema es regresar –el problema siempre es regresar–, la verdad es que uno llega a cansarse del tiempo libre. Las últimas que tomé duraron casi dos semanas, regresé a casa tres días antes de retomar mis actividades laborales. Durante esas tres noches me hizo falta cansancio para silenciar las voces en mi cabeza y los pendientes Godínez que gritaban ansiosos por mi regreso. El lunes nueve de enero a las 5:00 am recordé lo que se siente desear vacaciones permanentes.

La verdad es que si pudiera tener vacaciones permanentes, me hartaría la programación de antena o no podría elegir entre tantas opciones en la televisión de paga y el internet. Preferiría no salir pues las playas, las albercas, los lugares turísticos, incluso las carreteras estarían repletos de vacacionistas; las paredes de mi casa permanecerían blancas porque las vacaciones son para descansar, sólo eso. Pero lo más importante, el dinero se terminaría junto con la comida del refri y entonces llegarían las cuentas por pagar.

Si tuviera vacaciones permanentes seguramente buscaría algún empleo temporal, algún curso de verano, cualquier otra actividad para la que nunca tengo espacio en la agenda, algo, lo que sea para usar mi tiempo libre.

Abby García

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