Zona de confort

Tuve que liberarme. Cuestión de vida o muerte. Sin exageraciones. Había oído hablar de lo dañino que resulta la rutina, pero no lo sabes hasta que lo vives en carne propia.

Ocupé por mucho tiempo aquella silla y efectivamente después de un tiempo no sólo me pareció cómoda, sino que se adaptó perfectamente a la forma de mi cuerpo. En las contadas ocasiones en que me levantaba podía ver la marca dejada por mi trasero, una especie de cuna cada vez más pronunciada, porque debido a la inmovilidad, admito que aumenté un poco de peso.

Al cabo del tiempo ya no sentí necesidad de levantarme. Implementé sistemas no tan complicados para las funciones biológicas básicas y me hice la reina de mi propio y pequeño feudo. La gente me saludaba con respeto al pasar, acostumbrada a la seguridad que les daba mi extrema confiabilidad.  Yo pensaba que no estaba nada mal convertirse en una estatua viviente, una referencia obligada para el transeúnte, como un faro que guía el camino hacia la tierra.

Sueños de grandeza.

No podía, o no quería ver que el proceso de descomposición empezaba. Por ejemplo, lo de la serena quietud no era algo tan voluntario, confieso que llegó un momento en que, aunque quisiera, me resultaba muy difícil realizar movimientos complicados, me dolía mucho todo el cuerpo y no lograba recordar bien a bien cómo desplazarme, ni para qué.

Y estaba igual o más entumecida del cerebro. Mis pensamientos tampoco avanzaban demasiado. La gente seguía saludándome educadamente, pero podía notar cómo al dar unos pasos lejos de mí, movían la cabeza con gestos que parecían de lástima, desaprobación o franca crítica hacia mi actitud.  Pesqué algunas palabras sueltas nada favorables. Pensé, aún aferrada que a mí qué me importaba el qué dirán, que mientras yo estuviera cómoda, que se riera la gente.

Pero un día al despertar me di cuenta de que estaba echando raíces. De mis pies atrofiados salían ramificaciones ásperas y espinosas que iban fijándose al suelo con una determinación insolente, algunas alimañas se me acercaban intentando hacer nido en mi cuerpo convertido en árbol hueco. En el primer intento de una por morderme las entrañas, decidí que había sido suficiente.

Hice acopio de toda la fuerza y valor que me quedaban y me incorporé pesadamente. Sentí el aire circulando por lugares que creía olvidados, sentí como la sangre circulaba por mis extremidades reviviéndome. Me arranqué las raíces, espanté a los animales y corrí a darme un baño.

Es bueno estar limpia antes de dar un salto al vacío.

Catalina Kühne Peimbert

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