Evocaciones

—¿Alguna vez has sentido el peso de la tristeza mucho antes de despertar? –me preguntó Cristina.

En ese entonces yo era joven y en mí hubo más soberbia que capacidad para escuchar.

—Me parece poco probable –le dije– la conciencia de una emoción sólo puede experimentarse en los periodos de vigilia.

No era mi amiga y jamás compartimos un café, ni siquiera un lápiz. Ignoro bajo qué mecanismo su pregunta se quedó incrustada en algún pliegue de mi recuerdo porque no volví a pensar en ella sino hasta ayer. Evoqué la pregunta, de Cristina no pude recordar ni siquiera el color de sus ojos.

La última vez que la vi fue una tarde de agosto, llovía. Salió de la oficina y caminó bajo la lluvia sin prisa, como si el agua en la ropa o el frío fueran lo menos importante, la preocupación de los tontos. Hasta ahora sólo he podido averiguar que vive en Colima y que tiene dos hijos.

Tendría que preparar un equipaje ligero y tomar el autobús hasta su ciudad. Esperar a que ella esté en casa, que por fortuna abra la puerta, que tenga unos minutos para escuchar.

 

Con miedo y esperanza, como quien experimenta un padecimiento sin diagnóstico, le plantearía una serie de indagaciones, esforzándome para que parezcan espontáneas.

Averiguaría, por ejemplo, si en aquel entonces, cuando ella me hizo la pregunta,  las últimas  palabras dichas en un encuentro determinado se le lanzaban al rostro cada que se miraba al espejo.

Trataría de saber si sintió alivio ante cualquier ruido de la madrugada (un perro que ladra, el camión de la basura) porque gracias al escándalo podía salir de la abundancia de un insomnio similar a una prisión.

Si a lo largo del día los silencios se le clavaban como astillas de un metal indescifrable en la espalda, en el sexo, en la tráquea.

¿Se volvió extranjera de todos lados?, ¿añoró una patria que jamás existió, un sitio sin futuro posible?

Si sus respuestas son afirmativas, a modo de disculpa, le ofrendaré la confesión de que para mí la tristeza lo ha minado todo. Por eso, desde los primeros escalones que marcan el descenso del sueño a la vigilia, puedo sentir que se aproxima, sin remedio, otro día de esos.

Le diré que lo mejor es no mirar a la gente a los ojos, ni a la familia ni al joven que atiende en el mercado, porque la pena es insidiosa y aprovechará cualquier resquicio de intimidad para soltarse, para ser.

Que entiendo lo perjudicial que se vuelve cualquier cosa, desde las campanadas de la iglesia hasta la risa de los niños en el parque, y cómo la propia amargura le incita a uno a cuestionar la alegría ajena.

Que algunas noches, cuando se tiene suerte,  uno sueña con un espacio sin tiempo en el que nada duele y por eso despertar se siente como una especie de injusticia.

El peligro es que Cristina no esté, que su puerta no se abra, que no tenga tiempo para mis dudas, que no me reconozca, ¿quién podrá entonces saber de qué hablo?

Lolbé González Arceo

 

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