HABÍA UNA VEZ UNA CASA SIN ESPEJOS

Durante un tiempo viví en una casa que no tenía espejos. En realidad no puedo decir que se tratase ni siquiera de una casa; era más bien una pequeña habitación con suficiente espacio para mí pero no para mi reflejo. Tardé muchos días en darme cuenta de la ausencia, y cuando lo hice me sorprendió no haberlo notado antes. El caso es que desde ese día me dedico a ver espejos.

La mente funciona de maneras muy extrañas. Uno nunca sabe cuáles son las cosas que van a calar hondo. No elegimos las canciones que van a permanecer ancladas en la memoria o la dirección que toma nuestro cuerpo al sentir un olor particular o al escuchar una palabra. Por ejemplo, cada vez que escucho la palabra “anémona” siento deseos de comer bombones y cada que tengo la famosa sensación de caída, esa que viene justo entre el sueño y la vigilia, pienso en la persona que –sin saber cuántos años han sobrevivido sus consejos– me dijo que cada vez que lo sintiese pensara en ella.

En mi conteo de espejos me he encontrado con cosas, por lo menos, notables. He visto espejos minúsculos, diseñados para mirar sólo una parte del rostro: mirar los ojos, o mirar la nariz, o mirar la boca. Jamás todo al mismo tiempo. He visto también espejos que magnifican la visión. Hechos para mirar muy de cerca, para ver las arrugas, las imperfecciones, las manchas de sol. He visto espejos de todas formas y colores. Colocados para copiarle el examen al de junto, para espiar, para llenar el cielo de luces. He visto a las personas que se miran en los espejos y que los echan en falta a cada segundo. He visto a los que usan la pantalla del celular como espejo, mientras el retrovisor los espera triste, resignado a reflejar la retaguardia. Me he quedado muchos minutos observando los espejos de las tiendas comerciales. Espejos que me hacen más flaca, más blanca, menos amarilla. Espejos como un filtro que me devuelven una imagen muy parecida a lo que debo ser. Me he preguntado también si el agua sigue siendo un espejo como en los poemas de pastores, si los ojos, si los lentes de una persona que amas son un espejo. Si para que algo sea un espejo necesita del metal o si basta con que distingamos nuestra silueta como en los escaparates.

Hasta la fecha nunca he podido dejar de observar espejos y, además, no he encontrado otra casa donde no haya ninguno. Y sí, ya lo dije, la mente funciona de maneras muy extrañas. Pero aun así escribo con la ilusión de dejar de buscar una casa sin espejos, porque lo que uno escribe, como los recuerdos y los reflejos, son siempre una mentira muy tentadora.

Nidia Cuan

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