El tiempo es el que es

sólo fui un obstinado de la vida;
no perdí nunca el tiempo, él me perdía
al transcurrir sin pausa, inútilmente,
y por tener conceptos infinitos.

Oraciones

Eduardo Langagne

Conocer 10 pueblitos mágicos, cambiar de régimen alimenticio, ver el top ten de películas de arte, seleccionar mejor a los amigos, leer cien obras clásicas, correr un maratón, ver la aurora boreal, adquirir 15 hábitos saludables antes de los 30… Por todas partes encuentro listas y en ellas la obligación de cumplir con un deber extraño, una suerte de reverso del otro discurso también exigente, ese que nos explicaba qué era el éxito y cómo se obtenía, el que nos exhortaba a acumular títulos, granjearnos puestos en empresas, darlo todo por la estabilidad, el dinero, el futuro.

En ambos discursos encuentro una exigencia fuera de lugar o más bien, fuera de tiempo, pues la vida, sin importar si tomas para el Norte o para el Sur, no deja de ser una carrera, una competencia para aventajar la indolencia de los años que pasan y pasan sin preguntarte.

Cuando era niña creía que el tiempo se iba adecuando maravillosamente a los deseos personales. En mi candidez, el transcurso de eso que denominan una hora –y que yo no alcanzaba a comprender del todo- se desplazaba con una velocidad indomable o muy morosamente según mis actividades. Así, si yo pasaba la tarde entera jugando en la calle, al entrar a casa y encender el televisor, Dartacán y los tres mosqueperros estaría siempre a punto de comenzar. Muchas veces, por una coincidencia que atribuyo más a los ritmos del cuerpo que a mi entonces egocéntrica concepción del tiempo, sucedió así: la caricatura me esperaba sin falta. Pero hubo un buen día en que no y luego hubo otro y otro más en que la programación local sencillamente no iba conmigo.

Poco a poco fui comprendiendo “cómo funcionaba” el tiempo, que había que ganarle y no perderlo nunca. Debo admitir que hasta hace muy pocos años compartí la idea de la vida como una competencia que se mide en años, meses, días, horas, aniversarios, fechas límite o en el elocuente término “deadlines”. Y así como creí en la competencia, me incorporé a varias líneas de muerte de las que salí victoriosa pero cuyo triunfo, al final, no guardaba mucho sentido. Qué relación había entre el número de vueltas que la tierra había dado alrededor del sol con todo lo que yo hubiera logrado durante ese trayecto, cuál es la diferencia entre un año o dos o tres en la cuenta de mis días más allá de las ligeras variantes en mi aspecto y metabolismo, de qué me vale acumular logros, películas vistas, pueblos visitados, títulos, amistades, sólo porque así nos han dicho que debe ser, si al final del tiempo mío no quedará nada de esas experiencias y los demás, los otros que me rodean, tal vez hagan una brevísima pausa, pero sólo para continuar con sus competencias personales intentando ganarle al tiempo.

Las convenciones temporales nos aplastan con un deber ser y hacer, decía, bastante extraño: tener treinta, cumplir cuarenta, ser mayor de edad, arrastran consigo ciertos esquemas de comportamiento que uno asume así sin más… aunque entre una etapa y la otra sólo medien unos cuantos segundos, imperceptibles y, después de los cuales por mucho que uno se esfuerce, sigue sintiéndose exactamente idéntico al que antes era.

He visto con mucha devoción El Ministerio del Tiempo, cuyo lema, apabullante en su simplicidad, he adoptado de inmediato: el tiempo es el que es y no se le puede cambiar, da igual si lo ganas o lo pierdes, si lo inviertes o lo dejas pasar haciendo nada. Creo que por eso voy ahora por la vida un poco más despreocupada, sin el peso de las líneas de muerte acosándome a cada momento, sin lamentar no haber hecho, no haber triunfado, no haber obtenido, no haber conocido, no haber visto nada de lo que se supone uno debe haber experimentado a mi edad. A veces paso tardes enteras jugando con mi perro, mirando la noche y sus estrellas, leyendo por placer títulos que no figuran en ningún top ten, haciendo siestas y, de vez en cuando, escapando a algún sitio excluido de las guías turísticas. Al llegar a casa, a la hora que sea, mi ilusión de niña se reanima, pues si enciendo el monitor siempre está a punto de iniciar justo lo que me apetece ver en ese momento… la suerte de vivir en tiempos de Netflix.

Karla Marrufo

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