Chavelita

Al cumplir los doce años dejó de ser Chavelita para convertirse en Isabel. A esa edad, sus pasos empezaron a tener sonido, el taconazo sonaba desde lejos y uno podía decir “ahí viene Isabel”, aunque al verla sus pasos se parecían más a los movimientos chuecos de un pato. Isabel era morena, chaparra, aunque prefería que le dijeran bajita para no sentirse ofendida. De niña era la virgen de todas las procesiones, siempre llamando la atención con su traje azul celeste con blanco, sentada en un carro alegórico, uniendo sus manos como si rezara. Los niños que la veían se preguntaban si se las amarraban para que no las bajara durante todo el recorrido, pero no, ella era tan auténtica que nunca perdía la pose.

De ser Chavelita a ser Isabel sólo tardó un día. El calor y el humo de una mañana la despertó de golpe. La Virgen de Guadalupe que cuidaba de ella, de sus hermanos y de su madre, se quedó dormida en la orilla de la ventada donde siempre estaba, dejándose caer y tumbando una vela que cayó sobre el traje azul celeste con blanco de Chavelita. Sólo escuchó el grito de su madre que decía: ¡Isabel, corre!

Nunca escuchaba el nombre de Isabel, ella era Chavelita y punto. Cuando volvió a escuchar de nuevo “¡Isabel, corre!”, supo que era a ella.

No hay muchos recuerdos de ese momento, sólo guarda una foto dentro de un libro que nunca empezó a leer. Una foto que no recuerda quien se la regaló, pero que de vez en cuando observa para no olvidarse de la cara de su madre y sus hermanos.

Después de la misa de seis, Chavelita sale de la iglesia. Cuando baja el sol, a lo lejos, sobre la calle de piedras se escuchan los taconazos de una niña. Dentro del lugar que ahora es su casa muchos hombres la esperan. Lleva siempre los ojos pintados y los labios color violeta. Hoy viste con falda floreada y blusa de tirantes. Entra, en la mesa al fondo el borracho más perdido le grita: “¡a tu salud, Chavelita!”. Se acerca, le arrebata la cerveza de la mano diciéndole: “¡soy Isabel! ¡Isabel!”, y de un tiro le rompe la botella en la cabeza haciendo una mezcla en el aire de sangre y alcohol, mientras el borracho cae. Se da la vuelta con toda tranquilidad, tiene la certeza que en ese lugar para ella las cervezas son gratis.

Asenat Velázquez Jiménez

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