VIII. María

María salió de estación Tormenta expulsada de un vagón a reventar. Jaló su bolso pero alguien tiraba desde dentro del vagón. Sonó el timbre de las puertas y ella gritaba, no, no, mi bolso, ay, pero las puertas se cerraron con el bolso adentro. El tren comenzó a andar y la gente, adentro, miraba a María gesticular como en cámara lenta, correr sin que su peligro significara nada, sólo un chico lleno de barros en la piel sacó su teléfono y filmó esa desesperación silenciosa; los demás tenían otras historias proyectándose en sus mentes o celulares.

Se acabó el andén y María soltó su bolso.

El tren y su rastro sonoro fueron absorbidos por la oscuridad.

María se giró lenta, vencida. Su rostro parecía tan vivo en contraste con sus ojos. Una bruma, casi un listado de pérdidas, le embriagaba.

Las personas en el andén la miraron un momento antes de perder el interés.

Era un ensayo de muerte, eso de perder algo querido.  En el bolso iba su diario. En el diario, su vida desde su voz y torpeza. ¿Alguna vez escribió para el chico con acné que la filmó sádico? No.  ¿O para los que no jalaron la palanca de emergencia porque no se les dio la gana? Tampoco. Sintió asco de la honestidad dejada en las casi cien hojas de ese cuaderno que llegarían a manos de quién sabe quién. “No estamos solos, estamos sin vínculos. Al corazón se le está olvidando como hablar o escuchar, pienso”, había escrito apenas hoy en la oficina mientras tomaba café y sentía un hueco en el estómago al ponerse la diadema y cubrirse de valor para escuchar a tanta gente hostil y decepcionada que exigía so-lu-cio-nes. ¿Quién la leería? ¿Qué pensarían de su mezquindad al describir a algunos clientes, o de sus anhelos? Tal vez su diario, su intimidad, seguiría en el piso dentro del bolso porque alguien ya había tomado su dinero y sus tarjetas. María se sentía fragmentada, una parte de ella se había ido en ese tren y frente a algunos ojos estaba abierta y expuesta, desvinculada de su origen. ¿Se habría ido su parte más sensible en ese cuaderno y habría quedado un cascarón al que se le olvidarían los momentos verdaderos y las palabras que les correspondían? Ahora era ella quien debía llamar a alguien con diadema para hacer los trámites de reporte de sus tarjetas, al menos. En unos cuantos minutos sería ella una cliente desesperada que buscaría empatía y encontraría indiferencia en un guion, casi un carril de alguna voz.

¿Y si lloraba?

¿Y si lloraba?

María quería escribir.

Compraría un nuevo cuaderno saliendo de estación Tormenta.

 

 

Mónica Flores

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