Caída libre

No sé cuantas veces en la vida me he caído, creo que en este caso lo más acertado sería darle la palabra a mis rodillas, que son las que más han sufrido el impacto contra banquetas, pistas de carreras de grava roja, rocas afiladas dentro del mar y hasta un cenote de la selva. Estos pies torpes tienen mundo después de todo. Mis sufridas rodillas tienen cicatrices permanentes que vuelven a convertirse en herida una y otra vez, con tanta persistencia que ya me impide apoyarme en ellas para buscar algo a conciencia debajo de la cama y ni hablemos de rezar, que de todos modos nunca hablamos, pero esa es otra historia.
Total que ya estoy acostumbrada y me lo tomo con bastante filosofía pensando que es lógico y que mientras más grande eres, más grande es la caída. Mis conocidos han perdido la paciencia y me suplican que ponga mas atención, pero lamentablemente, no parezco lograrlo.
El colmo fue lo del otro día. Era temprano así que todavía ni siquiera estaba cansada, sino iniciando el nuevo día cargada de energía y positivismo, o bueno, por lo menos de pie y de un humor aceptable. Entonces al dar el siguiente paso, el piso no estaba más abajo de mis pies, solo un hueco, el vacío.
Caí dentro de una coladera mal cerrada y fui descendiendo como Alicia, pero no al país de las maravillas. ¡Qué más hubiera querido yo! No, conocí el mismísimo inframundo mexicano. Había una nutrida sección de burócratas de los más distintos estratos, desde ex presidentes, hasta desidiosas secretarias condenadas a pintarse eternamente unas uñas que nunca les dejarían de crecer.
También había criminales de las más distintas variedades siendo inculpados por todos los delitos, menos el que habían cometido; furibundos profesionales condenados a ser amables con viejitas sordas, necias y amargadas y un largo etcétera.
Yo la verdad me sentí un poco confundida porque no me considero tan mala persona, pero tal vez en eso tampoco me había estado fijando bien y había llegado la hora de que me dieran mi merecido.
Diría que sudé frío y me temblaron las rodillas, pero no, bastante felices estaban de que esta vez no salieron raspadas, porque aterricé de pie, como si fuera un gato.
Estaba pues preparada para cumplir mi destino, incluso un poco ansiosa, acostumbrada a caerme, prefiero que me digan las cosas de golpe y porrazo.
Entonces se acercó hasta mí un individuo más bien chaparro y botijón que se frotaba las manos nerviosamente.
-Disculpe…
Me enderecé dignamente preparada a oír la sentencia que me esperaba.
-¿Sí?
-Es que usted no tiene que estar aquí.
-¿Ah no?
-No, todo esto es un error.
-¿En serio? Tal vez no hayan revisado bien los archivos. Soy muy distraída, no me fijo en nada. Conozco mucha gente que me diría que tan solo eso es una razón suficiente para ser castigada. Que yo misma me lo busqué, que si hubiera hierro en los ojos no estaría en esta situación.
El hombre me miraba angustiado y negaba con la cabeza como queriendo que me callara lo más pronto posible y así lo hice.
-Si me promete quedarse callada yo la regreso para arriba como nueva y aquí no ha pasado nada. Ande, hágame la balona, ¿que no ve? El que no se fijó fui yo, soy el encargado de las coladeras.

Catalina Kühne Peimbert

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