Compañeros inesperados

Hace unos días, llegué a casa con un amigo. Mientras él estacionaba su auto, escuché el inconfundible aviso del vendedor de elotes que andaba rondando las calles. Entré a casa a saludar a mamá, dejé mis cosas y salí de nuevo. Mi amigo esperaba afuera y entendió mis intenciones al verme con el monedero en las manos.

En el tiempo que yo entré a casa y mi amigo se estacionó, el señor había avanzado su ruta. Caminamos en su búsqueda y llegamos a una calle de la colonia que normalmente no transito, ni siquiera en auto. Vimos el carrito al final de la cuadra y nos apresuramos a alcanzarlo. Luego de cumplir nuestro cometido, paramos en –literalmente– la tienda de la esquina.

Al entrar escuché a una señora hablando con la dependiente. Hablaban sobre una bolsa de arroz, no le di importancia. Mi amigo se formó detrás de ella luego de tomar un bote de agua y un par de chicles. Tuve oportunidad de ver quién era el cliente. Una señora mayor, bajita, cabello corto debajo de un gorrito viejo y con un inconfundible suéter de abuelita que, por su desgaste, quizá ha tenido durante años. “Ande, llévese el arroz, no se preocupe, Doña Petrita”, dijo la dependiente. La señora agradeció murmurando bendiciones y nos dio paso para pagar lo nuestro.

Salimos de la tienda y la señora aún estaba organizando sus cosas en la bolsa de plástico que le dio la dependiente. Continuaba diciendo cosas a las que no encontré sentido, pero que seguramente la dueña de la tienda sí. Nos detuvimos fuera de la tienda para guardar el cambio y tomar un poco de agua y la vimos caminar con dificultad. En una mano colgaba la bolsa de sus compras y sostenía un bastón, con la otra se agarraba de donde podía para continuar su camino. Había un par de escalones afuera de la tienda y cuando logró llegar a ellos, mi amigo extendió el brazo “Señora, le ayudo, deme la mano”

Ella volteo a verlo a la cara y se le dibujó una sonrisa de sorpresa. “Ay, mijo, gracias”, dijo con dulzura. Extendió la mano en respuesta y luego se giró a verme a mí. Sus ojos se humedecieron en un instante, y sonrió de nuevo. “Qué esperanzas que mi viejo me hubiera ayudado a bajar”. Su voz se quebró pero no reparó en ello. Nos contó que un día él fue a trabajar a la fábrica, se sentó y “ahí quedó”. Dijo que no volvió a verlo sino “hasta que estaba en la caja”. Inmediatamente después, su voz cambió y nos contó que de verdad era un canijo, que hasta tenía otra mujer. De nuevo su voz se quebró y confesó que lo extrañaba muchísimo.

“¿Va para su casa?”, le preguntó mi amigo, “¿Dónde es?”. Ella contestó que sí y alzó la barbilla en dirección a su casa. Sin ninguna pena ni reserva me tomó del brazo para apoyarse y caminar a mi lado. Continuó contándonos lo canijo que era su viejito mientras nos dirigía a su hogar. La plática de pronto se giró en torno a su única hija, que vive en una casota y que su yerno trabaja en otra fábrica cercana, pero que él nunca la va a visitar. “¿Cómo no le dice mija que venga a verme?, de perdido una vuelta. Pero no vienen, y quiere que me vaya pa’llá con ella. No, yo no me muevo. Aquí tengo mi casa, ni lo que me costó”, dijo con un tono de lamento y me recordó a una niña pequeña.

Caminamos a paso lento, la señora nos contó una serie de cosas que había vivido, hablaba de sus queridos santitos y cómo le hablaban o se le aparecían. Ella habló todo el tiempo. Parecía querer platicarlo todo antes de llegar a casa. Cambiaba de tema con la misma facilidad en que, supongo, llegaban los pensamientos a su mente.

La señora me sujetaba fuerte, mi amigo caminaba y la veía la mayor parte del tiempo y ella lo miraba, parecía agradecerle con sus gestos. Cuando llegamos a su casa, nos miró de nuevo con agradecimiento. “Mijo, muchas gracias”, dijo su voz quebradiza y mi amigo le entregó la bolsa de sus compras. Me vio a mí después y sonrió. Sentí algo bonito. Lo que para nosotros fue ayudarla a bajar los escalones, se convirtió de pronto en un andar camino a casa.

La necesidad de ser y saberse escuchado, la tenemos todos. Los niños platican y platican sus aventuras e ideas que para ellos son un descubrimiento que necesitan transmitir. Con las personas mayores es algo similar. Experiencias y sentimientos que tal vez se quedan varados por no tener con quién compartirlos. Quizá se nos olvida un poquito, pero cada uno tenemos algo que decir y algo que necesitamos soltar.

Sandra Ramírez

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