Perros

Desde hace seis años comparto casa con un perro. Como todos, no es un perro cualquiera. Es uno de esos perros que debió haber llegado con un manual de instrucciones. Había pasado tanto tiempo en una jaula que no sabía caminar muy bien; chocaba con las paredes y tenía el ciclo del sueño invertido. Cuando pensamos que lo más difícil sería entrenarlo para dormir por la noche y orinar fuera de casa, nos enteramos -después de incontables destrozos, quejas y un cambio de departamento- de que sufría ansiedad por separación. A partir de ahí todo cambió. Matías (así le pusimos) no soportaba que lo dejáramos solo ni un momento, así que comenzamos a turnarnos para estar siempre con él, dejamos de salir por las noches, nos llenamos de juguetes interactivos, vaciamos las habitaciones de muebles, pagamos cursos de entrenamiento, visitamos veterinarios y etólogos, hasta que dimos con la terapia correcta y después de varios intentos infructuosos la criatura ha aprendido a permanecer en soledad el tiempo suficiente para continuar con nuestras vidas. Por supuesto, sigue siendo un perro difícil: le molesta cualquier cambio que ocurra en la casa, ladra sin razón, le tiene pavor a los fuegos artificiales, y su ansiedad va y viene por periodos.

Después de mucho pensarlo, hace tres semanas decidimos traer a otro perro a casa. Es un perro de raza única que desde el primer minuto se ganó nuestros corazones. Con él las cosas han sido diferentes. Es un perro muy dócil y cariñoso que extrañamente tolera todos los desplantes de Matías. Hasta ahora me doy cuenta de que sí funcionan las técnicas básicas de obediencia: eso de pedirle al animalito que guarde silencio, que se mueva de lugar, que no se suba a los muebles. En fin, cosas que con Matías siempre resultaron total y absolutamente inútiles.

A la distancia pienso que cualquier otro par de personas hubiera abandonado a Matías a la primera de cambio. Muchas veces pensé que jamás podría ser un perro normal, un perro medianamente feliz, y el corazón se me apachurraba como calcetín viejo. Pero resulta que los perros, como las personas, nos enseñan partes desconocidas de uno mismo. A nosotros nos enseñó -aunque sea un lugar común- los anchísimos límites del amor, y a Sancho -nuestro nuevo perro- a ladrarle sin parar a los molinos de viento y a las peligrosísimas catervas de encantadores que todo lo mudan y, de vez en cuando, nos hacen desaparecer.

Nidia Cuan

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