El futuro que no fue

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La memoria también mira hacia adelante.

En el día a día, en la fila del banco, a raíz de alguna coincidencia con personas ausentes de nuestro panorama por largo tiempo, al mirar a nuestros amigos y el curso que han seguido sus vidas, la memoria retrocede y reformula los pasos para configurar ese yo que seríamos si no fuéramos el que hoy somos. Eso: el trabalenguas (y el trabamemorias) del subjuntivo.

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Hace muchos años, la pregunta llegaba con una puntualidad impecable: qué vas a ser cuando seas grande. En la escuela, en reuniones con adultos, entre los amigos igual de inexpertos que uno, la duda flotaba en el aire como una nube pertinaz y enrarecida. Qué importaba lo que uno fuera o no a ser de mayor. En ese entonces se me figuraba que los seres nacíamos incompletos, insuficientes, que los niños apenas habíamos recorrido unos cuantos pasos equivalentes a nada en el larguísimo trayecto del llegar a ser algo. Cada vez imaginaba respuestas distintas: astronauta, médico forense, dentista, bióloga, futbolista profesional, actriz. En la diversidad de mis respuestas descubrí que quería serlo todo, por lo menos, alguna vez en la vida.

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En el texto titulado “Ex futuros” Héctor Abad Faciolince dialoga con López Velarde, Flaubert, Borges, Unamuno y otros para plantear la idea de que escribir literatura equivale a un ejercicio memorístico hacia el futuro que no fuimos: uno escribe, como desdoblándose, para dar vida (literaria) a las muchas posibilidades que tuvo de ser y sencillamente no fue. Así como Borges diría “Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach”; del mismo modo, quien se dedica a escribir ficción, se las ingeniaría para salirse de su yo y dar vida a una posibilidad de ser que no será sino en el texto, casi como regalarse el placer de desfallecer en los brazos de Matilde Urbarch al menos en la página de un libro.

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Nunca entre mis respuestas de niña figuró llegar a ser aeromoza. Sin embargo, las encrucijadas de la vida me llevaron en algún punto a prepararme para ello. Aprendí de aerodinámica, de relaciones humanas, de primeros auxilios, los nombres de las nubes y los aviones, el reglamento de aeronáutica civil, memoricé el alfabeto aeronáutico, pasé un examen de vuelo en un simulador y uno de seguridad que consistía en desalojar un avión en llamas.

Pero esa vida que me llevó a mirar el cielo y sus aviones como un destino viable, fue la misma que me colocó en otra encrucijada en una serena tarde de verano mientras iba en mi carro pensando en terminar los trámites para obtener mi licencia de sobrecargo de aviación. Mi imaginación deambulaba por un escenario aeroportuario en Cancún, a punto de abordar un Boeing 747 con destino allende los mares, mi uniforme lucía impecable y mi mirada no se despegaba de las nubes, hasta que una voz grave pero serena destacó entre la publicidad de la radio y comenzó a leer un poema de Alberti que yo había guardado en mi memoria desde los ocho años. Al finalizar la lectura, la misma voz decía algo de una escuela de letras y como por arte de magia los aviones y los aeropuertos desaparecieron de mi horizonte.

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Rara vez he vuelto a encontrarme con ese yo exfuturo tan dispuesto a ser sobrecargo de aviación. Seguro se debe a que me mareo en los aviones, los despegues y los aterrizajes no sólo me aterran sino que invariablemente me recuerdan lo efímero de la vida, además de que tardo varios días en recuperarme de un jetlag. Será también porque desde que escuchó aquel poema en la radio, el yo que he llegado a ser se ha dedicado de lleno a la literatura, y en leer y escribir ha encontrado el mejor modo de serlo todo, por lo menos, alguna vez en la vida.

Karla Marrufo

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