Luces por todos lados

Hay un dicho que dice: aunque todo tu camino esté lleno de sombras siempre hay una luz al final del camino.

Cuando era niña había una noche que en verdad me encantaba. Pero me encantaba de esa forma que uno nunca menciona por no saber explicarla. Desde hace muchos años, en diciembre, Veracruz celebra el día del niño perdido. Cerca de las siete de la noche la gente prende veladoras haciendo un pequeño camino hacia su casa. Hay velas encendidas por toda la ciudad, se apagan las luces y solo se ven en las calles pequeñas lucecitas que se tambalean de un lado a otro luchando por no apagarse. La ciudad se vuelve oscura, pero hay una sensación de paz y alivio por esas velas que alumbran el camino y sabes que de alguna forma llegarás seguro a tu casa. Yo tenía unas vecinas que eran muy católicas y esa era un punto a favor para esa noche, pues ellas se encargaban de que en nuestra calle no faltara ni un metro por iluminar.

Las luces de esa noche hacen referencia a la vez que, de niño, Jesús se perdió en Jerusalén y tres días después sus padres lo encontraron en el Templo de Salomón platicando con los sabios. Hoy en día también hace referencia a todos esos niños que se han perdido -robados, secuestrados- y las luces sirven para iluminar su camino de regreso a casa.

Recuerdo una noche en que caminaba de la casa de mi abuela a la mía en medio de todas esas velitas. La gente platicaba afuera de su casa y me imaginaba que realmente esperaban que Jesús llegara a su puerta, cansado y con hambre, con los huaraches rotos y su trajecito blanco como de sábana enredada en su cuerpo todo sucio.

Mi casa estaba en lo alto de un cerro y para ir a la escuela tenía que bajar por unas largas escaleras. Al siguiente día, ahí estaban las velas derretidas pegadas al suelo en cada uno de los escalones. Dice la biblia que María, después de traer el Jesús en la boca, encontró a su hijo. Para algunas historias de hoy no siempre hay velas suficientes que lleven a muchos niños de regreso a casa.

Hace algunas navidades, estando en la casa de mi abuela, lanzaron globos de Cantoya y los vi alejarse con su luz prendida. El fin de año que pasó, mi mamá me contó que de nueva cuenta mis primos llevaron muchos globos que lanzaron para despedir el año. Esta vez, no sólo fueron ellos, sino toda la ciudad lanzó esos globos que iluminaron el cielo. Me hubiera encantado verlos, la verdad que sí. Aunque me puedo imaginar a esas pequeñas luces que se desprendían de todos los cerros y se elevaban como luciérnagas.

Mi madre tiene un gusto grande por las luces navideñas, siempre le decimos que no le cuelga luces al gato porque no debe. En navidad ir a visitarla es encontrar la casa oscura, con pequeñas lucecitas colgadas por las paredes que hacen brillar las hojas de las plantas y las coronas de cristo que tiene floreando en su jardín. Navidad tiene algo muy bueno: las luces navideñas que la gente cuelga en sus casas y en sus pinos adornados.

Sí, tengo un gusto por las pequeñas luces en la oscuridad. Incluso por esos botones reflejantes de carreteras que las llantas aplastan constantemente, por la noche, al prender las luces del carro.

Quizá si sea cierto eso que dicen y todos buscamos esa luz al final del camino. Yo, por tener un laberinto de vida, busco en todas partes esa pequeña luz. Uno no sabe los misterios de la vida, pero quizá todas esas luces navideñas o todas esas velas encendidas tienen un objetivo más profundo: que la gente encuentre su luz, su pequeña luz al final del camino. Aunque nadie lo sepa realmente.

Asenat Velázquez Jiménez

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s