IX. Denise

Denise vivía en una nube personal de perfume cítrico e inocentón que se ponía en las muñecas, cuello, escote y tobillos. También vivía, recién, bajo el yugo de la culpa. Tenía oleadas culposas que iban y venían y que procuraba ignorar. ¿Para qué pensar en ello? En diez minutos llegaría al hotel, se encontraría con Oscar. En veinte minutos estaría desnuda en el cielo.

¿Cuántas veces más girará la ruleta?, se preguntó Denise. Ella había estado soltera, casada, casi viuda, divorciada; había sido sexualmente activa; más casta que un canario enjaulado; había seducido, rechazado; pero nunca le había tocado ser “la amante”, hasta ahora. Sentía que competir con una mujer a la que su compañero de vida no quiere era hostil y burdo; se soñaba a sí misma en el podio después de la meta celebrando eufórica mientras una mujer con los tobillos fracturados la miraba inmóvil desde la salida. Esa pesadilla la había perseguido, con distintas variaciones, en los últimos tres meses.

Denise extrañaba las miradas de trazos rápidos y gruesos que se daba con Oscar. Un día, Denise sintió que su jefa o sus compañeros lo notarían, que cualquiera podría reconocer en ellos el territorio que el erotismo había arrebatado a la rutina.

El tren ya se había tardado. La gente, en el andén, hacía filas que perdían la forma apenas la alcanzaban. La ropa de invierno se pegaba sudada a la piel.

Denise sintió una onda caliente sobre la nuca. Volteó. Apenas a diez metros, una mujer la miraba como si la estuviese matando lentamente. Denise estaba segura, era la mujer de su pesadilla. Era ella, lo sentía, aunque el cabello fuera distinto, el tono de piel, la edad, el tipo de ropa. Denise sonrió descuidada y volvió la vista al frente. ¿Qué debo hacer? ¿Me sigue? Más que pensamientos articulados, la invadieron frecuencias paranoicas que la aceleraron como un motor encendido sin maquinaria que dirigir. Miró teatralmente hacia el reloj de estación Tormenta para tratar de tener a la mujer en su campo visual. Imposible. ¿Dónde está ahora? Sangre y muerte pasaron por su cabeza. Oscar parecía lejano, imposible. Llegó el tren y se levantó un barullo. De pie, Denise volvió a sentir esa mirada horrible y una temblorina involuntaria se apoderó de sus piernas. Trató de caminar hacia la puerta más cercana mientras las bocas del vagón se abrían. Parecía que nunca hubiera estado sobre unos tacones, la sostenían frágiles, hasta que los tobillos tronaron como dos ramitas secas. Denise cayó, doliéndose en el suelo. Un matrimonio mayor se acercó a ayudarla. Ella puso sus manos sobre los tobillos, no sabía si había o no fractura. Levantó la vista. Sonó el timbre del tren y las puertas se cerraron. Le pareció que la mujer de sus pesadillas la miraba desde una de las ventanas sonriendo, celebrando.

Mónica Flores Lobato

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