Respiros para olvidar

Para las tranvías, por el día de la amistad, que no se me pasó.

 

Después de que al despertador se le pasa la angustia de madrugar,  después de dejar a los niños en la escuela me invade un sentimiento de gran tranquilidad, como de haber pasado con honores por el primer y más cotidiano de los obstáculos. Mis pasos toman un ritmo un poco menos acelerado, siento que tengo un minuto para saludar al barrendero de la esquina y mirar ahora sí, como va a estar el día porque apenas amanece. Es una pausa agradable pues, para olvidarse de todo por solo unos minutos.  Hay varios momentos así a lo largo del día, de la vida. Respiros para olvidar.

Cuando después de por fin salir del trabajo, bajo las escaleras, entro a empujones en un vagón, soporto un par de estaciones de pie con los tacones puestos y de pronto se levanta la chica justo de enfrente de mí y puedo sentarme. La tranquilidad vuelve a asomarse. Puedo analizar con cuidado a la demás gente que va en el vagón, imaginarme las tormentas de la vida de cada una y la mía, gracias a ese hechizo, se desvanece fugazmente.

El problema es que creo que me estoy volviendo adicta. Quiero más. No puedo controlarme. La siesta de mi madre enferma puede ayudar a que se me olviden estas ganas de comerme una pila de hot cakes y seis de pastor con todo, cada media hora; si por alguna casualidad de la providencia el celular deja de servir, oh gran sosiego que hará que se borren de mi mente las cuentas por pagar, incluida la del teléfono; una improbable noche tranquila en este barrio y no pienso más en que mi perro es un poco distinto a los demás.

La buena noticia es que he aprendido a identificar esos momentos y puedo propiciarlos y aún más, alargarlos. Ya van varias veces que me pasa que me quedo en medio de una habitación y no tengo idea de que es lo que estaba a punto de hacer, o a dónde tengo que ir o porqué me puse de pie con tanta determinación.

El otro día; justo saliendo de la escuela de los niños me puse a caminar en círculos en el parque que está enfrente porque no tenía muy claro si era pez o pescado, o que era lo que estaba haciendo ahí, ni porque me saludaba un señor con una escoba y menos aún porque tenía en la mano las llaves de un coche que tampoco tenía idea de cuál era. Apreté el llavero automático como una salida de emergencia y una camioneta al lado mío me llamó con un timbre familiar.

Cuando escribo, también por suerte me pasa…

Aunque si les digo la verdad ya se me olvidó porque les estoy contando esto.

Catalina Kühne Peimbert

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