Visitante epitelial

Hace unas semanas me apareció sobre la frente una arruga vertical, arriba de la nariz, donde empieza la ceja derecha.

La primera vez que la percibí hice como no la veía. Pensé que podía ser efecto de la luz o que sería de esas que nada más salen por día como producto de haber dormido aplastando una parte del rostro.

Circulan una gran cantidad de advertencias, sobre todo entre los adultos mayores, acerca del peligro de que un mal viento coincida con una mueca desafortunada y entonces uno se quede así para siempre. Quise creer que aquel no sería mi caso.

Por la tarde, después de pensarlo un rato, decidí que después de bañarme iba a mirarla de frente, como se tienen que mirar las cosas que incomodan.

Me desenredé el cabello despacio, preparándome para la ceremonia de encararla, dejé la toalla de lado y me acerqué a mi reflejo. Exploré pecas, poros, vellos y la encontré, indiferente a mis observaciones, decidida a quedarse ahí como si aquel territorio le perteneciera desde siempre.

Los cazadores de significados, entre los que me incluyo, tenemos la tara de leer señales donde no las hay. Para cubrir todos los frentes acudo al psicoanalista, consulto el tarot, reviso mi horóscopo, descifro la forma de las nubes y le pregunto a mi abuela qué opina de tal o cual cosa.

Interpreto mi nueva arruga similar a las marcas que hacen los náufragos para no perder la cuenta de los días, en particular de estos, en los que todo está ocurriendo, días en los que tragedias, nacimientos, adioses y sueños convergen.

No lo veo como una forma de escapar a la realidad sino como un medio para expandirla, crearle un aparte en mi universo personal que dilata la experiencia y me permite verla bajo un impreciso microscopio, observarla con detenimiento.

Le he mostrado mi arruga a algunas personas que, preocupadas por mi frágil vanidad, me dicen que ni siquiera se nota, que es apenas una línea de expresión. Ensimismada en mis interpretaciones no he podido explicar que más que avergonzarme me emociona la idea de que todos podemos levantarnos un día sin reconocernos, siendo, gracias a algún añadido, alguien diferente.

Lolbé González Arceo

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