QUIEN TIENE BOCA SE EQUIVOCA O LA REIVINDICACIÓN DE LOS INFIERNITOS

Para Sara

Para Sof

Hay un refrán que dice que no hay que gastar pólvora en infiernitos. En otras palabras, que no hay necesidad de invertir energía, tiempo o esfuerzo en nimiedades.

Curiosamente hay una vecina que me hace  recordar este refrán. Pensaba que de haber alguien que no gastase pólvora en infiernitos sería ella. Se trata de una mujer mayor –quizá de setenta o setenta y cinco años– muy amable, que pasa algunas tardes junto a la reja de su casa, saludando y observando a la gente ir y venir mientras soporta con temple de santa los ladridos de todos los perros que no muerden. Alguna vez me la he topado cuando salgo –presa de toda la cólera que acumulé por intentar hacerle a la imperturbable– a averiguar quién se estacionó en mi cochera. Nunca pero nunca puedo dejar de sentirme avergonzada de mis infiernotes. Al ver que me observa trato de termoregularme y me limito a sonreír. En esos momentos deseo con todas mis fuerzas sumergirme en el Leteo y finjo que reviso el carro para después entrar a mi casa a contar hasta mil y a hacer unos ejercicios de respiración que vi en la tele.

Y es que a mí los infiernitos me persiguen a todas partes. Soy piromaniaca, gastadora compulsiva de pólvora, llamarada a domicilio. Y eso, hasta hace muy poco, me parecía una imperdonable flaqueza de carácter.

Pero bien dicen que la ociosidad es la madre de todos los vicios; la semana pasada –de muy ociosa– me puse a pensar en los infiernitos. ¿Cuándo un infiernito se convierte en un infiernote? ¿En qué caso está justificado emplear hasta el último gramo de pólvora? ¿El respeto al infiernito ajeno es la paz o conduce a una insana multiplicación de infiernitos? Estas y otras preguntas por el estilo me ocuparon durante un buen tiempo. Y en medio de mi reflexión, justo cuando estaba más preocupada, me di cuenta de que sí: estaba gastando pólvora en infiernitos. Pero como una revelación me llegó ese otro refrán que dice que solo quien carga el costal sabe lo que lleva dentro. Y pensé que en ese caso la vecina debe tener también sus propios infiernitos. Por ejemplo, esas plantas en las que invierte todos sus esfuerzos nada más para que las destrocen los peatones o esa jauría de gatos que llega de improviso y nunca parece saciarse. Es decir, que en potencia todo puede ser un infiernito. Una nimiedad. Porque son los infiernitos, tan despreciados, los que de alguna manera nos hacen permanecer anclados al día a día. La vida, pues, no está hecha de grandes proezas, sino de hermosos y memorables infiernitos donde cada quien merecer arder –gritar, flotar, correr, reír, rabiar, preocuparse– hasta la médula.

Nidia Cuan

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