Desenfocada

“Hay minutos en que todo parece escaparse de las manos. El día ha sido como un cheque sin fondos. Hemos caminado de prisa y de pronto nos detiene una duda: ¿dónde vamos? Resulta que no lo sabemos. Una bruma desconsoladora nos envuelve. Creemos que los anuncios luminosos y las lámparas de los arbotantes no han sido bien encendidos. Suponemos que el mundo es demasiado grande y que no lo habita nadie. Algo así como si sus habitantes se hubieran ido a pasear a otro planeta. La soledad nos sobrecoge de improviso. Y con ella, el deseo punzante de hacer algo indefinible, desde tomar una taza de café hasta realizar una hazaña heroica. Y no es ni lo uno ni lo otro. Buscamos dentro de nosotros mismos, nos interrogamos: ¿qué será? No se atina con la respuesta. Contempla uno la vida y la compara a una botica, en la que hay de todo. Sin embargo, no tenemos la receta. No puede saberse la medicina. Es el vacío.

Esa noche, Epigmenio no tenía la receta. Era uno de esos días en que los pequeños y apurados planes que hace cualquiera para tener una meta inmediata a la que asirse, para salvarse del vacío, le habían fallado”.

Así comienza Edmundo Valadés uno de los cuentos que más le admiro: “Todos se han ido a otro planeta”. Aunque el cuento de Valadés discurre por el profundo sentimiento de soledad que embarga a Epigmenio, un hombre sencillo enamorado de una fichera, el de hoy es uno de esos días en que puedo decir que comprendo a cabalidad a Epigmenio; no por sentirme sola ni por estar enamorada de una fichera, sino por el sólo hecho de contemplar la vida y no dar con la receta.

En el transcurso de la mañana me había suspendido en la contemplación del cielo azulísimo y sus nubes esporádicas, había paladeado el primer café como si en uno de esos tragos se me fuera a revelar el secreto proustiano de la infancia y el ser, había recorrido en bicicleta algunas calles tarareando una canción muy viejita y saboreando el aire fresco que me entumía el rostro. También leí poesía, respiré profundo, me sumergí en la mirada abismal de mi perro, y a pesar de que en todas aquellas pequeñas cosas advertía la generosidad de la vida, no lograba sintonizarme con su grandeza. Era como si hubiera despertado 91 centímetros desenfocada, afuera de mi cuerpo y de las cosas. Por mucho que intentara ajustarme al fluir del día, siempre quedaba 91 centímetros apartada, literalmente, fuera de lugar.

Continué buscando cosas, acciones, que me regresaran al cauce de lo que sabía pero no lograba sentir como algo genuino y propio. Me comí uno de mis postres predilectos, escuché una mezcla de músicas del mundo que siempre me conmueve, intenté evocar recuerdos significativos, abracé muy fuerte a mi persona favorita en este mundo, volví a mirar a mi perro e intenté observar con su mirada…

Al final del día, no había logrado regresar a mi lugar. Seguía fuera de foco. Releí el cuento de Valadés: al final, Epigmenio recibe un beso de despedida de la fichera, es un beso “cálido, lleno de ternura, infalsificable. Decididamente, un beso con magia”, un beso que había logrado que el mundo volviera a poblarse de gentes y de animales, de risas y lágrimas, de “todo eso que es la vida”. Me conmovió una vez más la historia de Epigmenio, pero no me hizo anular los 91 centímetros que me apartaban del mundo y ese fluir al que generalmente le atribuimos un sentido (provisional, lleno de quehaceres cotidianos, pero sentido a fin de cuentas). Lo que sí logró el cuento fue hacerme creer que, a veces, hay un cierto encanto en no dar con la receta.

Karla Marrufo

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