Buscando cosas que contar

Llevo unos días tratando de escribir sobre algo. No sé qué, sólo algo. Parece que mi cerebro ha estado congelado. Intento todas las formas que conozco para motivarme. Tomo café: con leche y sin leche; espero con ansia al chico vendedor de elotes y lo preparo, esta vez, con chile que pica para a ver si hay una reacción cerebral diferente. Me levanto y salgo a dar una vuelta, como chocolates –por esto del 14 de febrero tengo suficientes–, bebo una cerveza, vuelvo a comer, pero nada más no.

Busco en internet cuentos, poesía o sólo tarjetitas con la foto de un gatito pero nada me parece tan interesante como para ponerme a escribir sobre eso.

¿De qué escribir? De comida, de la vida, de un gato, ¿de qué?

Me levanto y me voy a mi taller. Reviso los libreros y empiezo a hojear cada libro, o bueno, los que siento que me llaman, para ver si de alguna manera hay una palabra que retumbe en mí, pueda agarrarme a ella y escribir sobre eso.

No puedo decir que tengo libros de todos los temas, la verdad es que no. Los abro, paso sus páginas y en lugar de respuestas, me dan más preguntas.

Tengo varios libros de historia del arte y digo, ¿porque se sigue llamando bellas artes a las artes? No todo el arte es bello. Tengo dos biblias, una mucho más gruesa que la otra. Ahí mejor ni me meto porque no terminaría de preguntarme cosas.

Agarro Cinco Esquinas de Vargas Llosa, pero ése no, porque Rolando Garro me cae bien gordo. Luego me acuerdo como termina y digo: pobrecito. Me pregunto porque Vargas Llosa escribe así. Así, bonito. También lo cierro.

Tengo un libro que compré en preparatoria y lo mantuve oculto por mucho tiempo porque su nombre lo decía todo. Apolo, obras maestras de la fotografía erótica. Recuerdo que lo compré en una papelería por una cantidad para la que ahorré durante mucho tiempo. Apolo era el libro de hombres desnudos y Venus, el de mujeres. Ése nunca lo pude conseguir. Hojeé Apolo despacio, porque tiene más páginas y es fotografía.

Abro libros ganadores de concursos. Libros que tengo con el autógrafo del autor. Así, como fan. Libros de teatro, donde al leerlos puedo escuchar tonos de voz. Libros de antología de cuentos o poesía. Y también novelas. Abro sus páginas, leo, y ya se fue la mañana. Y aún no tengo idea de que escribir.

Después de comer, me pongo a leer a Oscar Wilde. Encuentro al gato negro y me acuerdo que yo quiero un gato. No tengo gato. Cierro el libro y me pregunto ¿por qué negro? ¿Por qué no amarillo con pechito blanco?

Libros de psicología que eran de mi padre. Los leyó y terminó vendiendo muebles. Libros de brujas, vampiros, brujería. No tengo libros de superación personal (cuido mi dinero). Libros que se han hecho película y me pregunto ¿tengo alguno de Harry Potter? No, no tengo. Libros de diseño, psicología del color, de dibujo, de pintura, diccionario del arte, revistas para aprender a dibujar. Abro todos y los hojeo. Y nada. Mi cabeza dice: es hora de un café.

Este es el caso de cuando escribes quejándote. Y se llenan dos cuartillas escribiendo de cómo no tienes de qué escribir. Y te acabas el café pensando que mañana si habrá cosas por contar.

Asenat Velázquez Jiménez

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