X. Silvana

Silvana caminaba con calma por el largo andén de estación Tormenta mientras su cerebro se sentía completamente bailarín. Antes de salir de la oficina recibió una gran noticia, su proyecto de investigación sobre El entorno y la felicidad había sido aprobado, tendría presupuesto para hacer trabajo de campo, los resultados servirían para influir en políticas públicas. Silvana hizo, mientras esperaba el tren, un mapa mental para subrayar las zonas en las que trabajaría. Sin duda, las colonias aledañas a estación Tormenta y el perfil de los pasajeros serían parte de la investigación.

Lo siguiente sucedió muy rápido. Sonó el tren llegando a la estación y cuando Silvana apenas había dado un paso en dirección a las líneas amarillas, una mujer más o menos de su edad y estatura, aunque de complexión más robusta y de alma violenta, la tomó por el brazo.

—Te apuesto 100 pesos a que te quito la sonrisa —dijo la mujer.

Silvana en ese instante se volvió demasiado consciente de que sonreía y casi, para no perder la apuesta no aceptada, sostuvo sus labios extendidos, con las comisuras hacia arriba; dijo “no” con la cabeza.

Caminó un par de metros por el andén cuando la mujer le interrumpió el paso.

Sonó el timbre, las puertas del tren se cerraron y el tren partió.

—Si no quieres apostar, de todas formas te voy a quitar esa estúpida sonrisa de la cara —dijo la mujer violenta, que tomó a Silvana del cuello con la mano izquierda. Había poca gente en la estación y los pocos cercanos se dispersaron hacia los extremos del andén como gotas de mercurio. La mujer violenta raspaba su puño sobre la boca de Silvana buscando borrarle la sonrisa. Silvana intentó moverse, pero estaba detenida con una llave inmovilizadora. ¿Si dejaba de sonreír la dejaría en paz? ¿Iba a darle gusto a esta escoria?

No. Silvana sostuvo la sonrisa. Uno de los nudillos se atoró en un diente y sangró; la mujer violenta dejó de molestar a Silvana para lamerlo.

—Gané, lo tomo como un doble o nada. Me debes 200 —dijo Silvana sonriendo.

La mujer agresiva sacó el billete verde y lo zarandeó con su mano en las narices de Silvana. Cuando Silvana iba a tomarlo, la mujer le soltó un jab. Luego un rodillazo en el estómago con el que le sacó todo el aire. Silvana se dobló y la mujer se puso en cuclillas sólo para tener mejor visibilidad y confirmar si Silvana había perdido o no la sonrisa. No la había perdido.

—Ahora me debes 400 —dijo con el poco aire recuperado.

Llegó el tren, sonó el timbre de las puertas, y la mujer violenta de la apuesta se subió pintándole dedo.

Silvana sonreía. Un largo escalofrío precediendo un dolor generalizado recorrió su cuerpo. El rostro seguía sonriente. La sonrisa estirada en lugar del grito; de la discusión; de la mordida salvaje. Como la felicidad en tiempos de guerra en algunos entornos, en algunos hogares.

                                                                                                        Mónica Flores Lobato

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