Elegir nuestras batallas

Cuando creemos poseer la verdad sobre algún tema, sentimos la obligación de compartirla. Buscamos la libre expresión, decir lo que opinamos respecto a lo que sea, pero lo que sentimos como obligación es sacar al otro de su error; debemos rescatarlo, corregirlo, encaminarlo hacia la verdad: la nuestra.

En el mejor de los casos podríamos quedarnos con la satisfacción de haber soltado nuestro sentir y dejar que el libre albedrío resuelva la situación. Pero no. No nos conformamos, no hay liberación del alma si el otro no cambia de parecer en el momento en que nos ha escuchado. Es necesario convencerlo, que acepte su error, que nos dé la razón y exprese que ahora está de acuerdo con nuestra idea. Pero el mundo no funciona así.

Para empezar la verdad es la verdad y no puede cambiarse. Es la relación entre la realidad y lo que conocemos. De ahí que Sócrates alegara sólo saber que no sabía nada. Las verdades científicas, por ejemplo, pueden replantear totalmente nuestra realidad. Como aquello de que existen sistemas solares más allá del nuestro donde también podría existir vida, cuando, no hace tanto, pensábamos que el Sol giraba en torno a la Tierra. No es que las verdades cambien, lo que sucede es que conocemos poco y descubrimos o redescubrimos conocimientos. Las verdades están ahí, pero nuestro alcance intelectual no da para conocerlas todas.

La verdad relativa, en cambio, es más un punto de vista generado por los contextos culturales del ser. Lo que para alguien de oriente es correcto, para un occidental puede ser absurdo. Pero en ninguno de los casos se trata de algo absoluto e irrefutable.

Es por eso que cuando entramos en discusiones de opinión, a veces nos topamos con argumentos bobos, o más bien nulos, que son defendidos a garra y diente. Otras veces somos nosotros mismos quienes opinamos de primer golpe, sin analizar, sin reflexionar, porque nos gana ese deseo por corregir al otro. Muchas de las veces no nos tomamos siquiera el tiempo para hacernos responsables de lo que decimos. No cuestionamos si nos estamos equivocando al opinar.

Con frecuencia creemos que no hay un punto medio dentro de la verdad. Pero si hablamos de estas verdades relativas que se prestan a debate, podría ser que el punto medio signifique la armonía para todos. Es decir, si Café Tacvba dice que repensará volver a tocar en sus conciertos La Ingrata para no inducir a la misoginia, ¡caray!, qué buena intención. Pero entonces yo me pregunto: ¿cuántos gatos negros se habrían salvado de su maldición si Poe no hubiera publicado el Gato Negro? No es que los Tacubos estén equivocados, son culpables de plantear una decisión exagerada, pero eso no invalida su discurso.

Mi punto es: satanizar a alguien por lo que dice, es un arma de doble filo. No propongo defender lo indefendible, ni consentir lo inaceptable. Pero creo que tanto los Tacubos, como cualquiera que emita su opinión, tienen puntos, ideas, argumentos que en algún momento de su discurso se unen al nuestro.

Últimamente he leído mucho en redes a usuarios que aconsejan, en circunstancias distintas, elegir bien nuestras batallas. Aplica también para decidir sobre qué opinar, sobre qué quedarse callado, sobre qué investigar más o sobre qué escribir y publicar. No se puede navegar con banderas de verdades absolutas en una sociedad que tiene como estandarte una revolución basada en la información; sobre todo si no sólo ejercemos el derecho a opinar, sino que también representamos ese pequeño porcentaje que es leído por otros. Debemos saber elegir con responsabilidad lo que vamos a decir, porque puede influir en lo que opinen los demás.

Abby García

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