La bella durmiente

Abrí los ojos totalmente descansada, aunque un poco ansiosa. Al verme en el espejo hechizo de papel de aluminio que colgaba de la pared supe que estaba lista para lo que venía. Me precedían las murmuraciones, pero yo solo alzaba la cara y sonreía a mi público. La gente estaba ansiosa por oír la historia, así que tomé mi lugar y comencé a contarlo todo.  Desde pequeña me perturbaban horriblemente los ronquidos de mi mamá y de mi abuela, odiaba ese sonido, así que un día me prometí a mí misma que jamás me casaría con un hombre que roncara. Pero me incumplí.

Un día apareció José Luis con su sonrisa “Colgate”, sus brazos fuertes y sus buenas maneras y me enamoré perdidamente, tanto que aunque me enteré muy a tiempo que roncaba, de todas formas me casé con él.

Los primeros años, como es costumbre, fueron buenos. Mucho sexo, muchos viajes, muchas salidas. Además, creí haber puesto remedio al problema. Si me dormía antes que él, ya no oía los ronquidos y todos tan contentos.

Pero como atinadamente dice el príncipe de la canción: “El amor acaba” y mi marido y yo, poco a poco nos fuimos apartando, tanto de día, como de noche.

Eventualmente él acabó por tomar el sueño como la perfecta evasión a todos sus problemas y todo el tiempo que estaba en casa, lo pasaba durmiendo y desde luego, roncando.

Yo tenía que levantarme todas las mañanas a las siete, después de no poder dormir en toda la noche, bañarme y pasar una vez más a la cama a echarle una mirada de repugnancia a la masa gruñona e inane en la que se había convertido mi esposo.

La falta de sueño me estaba volviendo loca, no quería irme al sofá, no quería divorciarme, sólo quería dormir tranquilamente en mi cama.

Una noche, sin pensarlo mucho, decidí ponerle una almohada en la cara para acallar los ronquidos, pero éstos no cesaban, así que apreté un poco más y un poco más, hasta que finalmente se hizo el silencio.

Al día siguiente las cosas habían cambiado. Yo amanecí fresca como una lechuga, él azul.

Desde que llegué a la cárcel empecé a dormir como una bendita…

Hasta hoy a las tres de la mañana cuando el ruido me despertó de un brinco. Por un momento volví a mi lecho nupcial, pensé que era otro despertar de otro mal sueño, pero después de unos minutos recordé dónde estaba.

Nadie más que yo pudo haber roncado.

Catalina Kühne Peimbert

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