Gallinas perversas

“¿Qué es lo que había en sus vísceras para hacer de ella un ser?”

Clarice Lispector

Mi familia se rige por los refranes, los utiliza como bálsamo, referente de certidumbre y advertencia para las futuras generaciones. Mi abuela suele decir, por ejemplo, “gallina que come huevo, ni que le cortes el pico”.

Hace muchos años teníamos una pequeña granja para uso familiar con la que mi abuela nos suministraba productos básicos porque, visionaria, pensaba que lo que se vendía en el supermercado estaba lleno de hormonas y conservadores.

Así que, cuando se trata de gallinas, ella sabe de lo que habla. Porque si alguna vez, a causa de la lluvia o el cansancio, omitía la tarea de ir a darles de comer, ellas, desafiando el eterno tabú del canibalismo, adquirían una especie de locura y devoraban los huevos que habían puesto. Ya entradas en ese trajín incluso consumían los huevos de las demás, desconociendo del todo el concepto de propiedad privada.

No lo hacían sólo una tarde para sobrevivir, sino que, una vez atravesado el límite, ciertas gallinas, presas de una perversidad naciente, se quedaban atadas a ese vicio y lo repetían como si de aquello les dependiera la vida. No querían más alimento convencional y la tortilla remojada, otrora manjar, comenzaba a resultarles un platillo desabrido y soso.

Ante esto, el único remedio era sacrificar a la gallina perversa porque el vicio era contagioso. Ya lo habíamos visto antes, pronto las demás, por imitación o sonsacamiento, comenzarían a poner y comerse los huevos con un frenesí propio del delirio.

Con esta ilustrativa y cruel situación mi abuela nos explicó, pasado el tiempo, que “a algunos toros es mejor mirarlos desde la barrera”, es decir, la importancia de evitar determinados gustos que pueden quedarse anclados para siempre a las costumbres personales.

Debido a esto, por mucho tiempo me he reservado de cruzar ciertos territorios, a causa del añejo temor de perder la cordura y, como esas gallinas, no regresar nunca más a la senda del bien.

La cosa es que, en estos días, destruir las cosas, repensarlas, se me está dando con frecuencia. A diferencia de las aves de corral yo no estoy impulsada por una necesidad fisiológica, mi locura es de un tipo incierto.

Tendría unos seis años la primera vez que fui consciente de esto. Pasábamos las vacaciones en un pequeño pueblo de Campeche. Mi mamá y mi tía, muy jóvenes por entonces, entretenían a mi hermana haciendo una torre con pequeñas fichas de madera del tamaño de un dominó, eran pedazos de tablas que habían sobrado de la construcción del gallinero.

Mientras las miraba me di cuenta de que a mí nadie buscaba entretenerme porque ya se sabía que yo era la que podía quedarse mucho rato sentada, sin molestar. Quise entonces ser como los niños que hacían berrinche para obtener un dulce o como esos otros que trepaban árboles. No porque todo el tiempo hubiera estado conteniéndome de hacerlo sino porque quería ser lo que hasta entonces no había sido. Me puse de pie y me acerqué a ellas.

—Mira, ya pusimos las fichas bien alto –dijo mi tía.

Sin pensarlo mucho levanté del suelo mi pequeña sandalia ortopédica y di una suave patada que bastó para derrumbar el edificio de tablitas. Observé sus caras y supe que había hecho algo importante, luego me fui al fondo del patio a buscar caracoles.

Somos nuestra consciencia, pero también somos la pequeña suma de actos que terminan por definirnos, por trazar una senda. A veces, como en aquella ocasión, solo se necesita probar que uno todavía está a tiempo de ser otra cosa, incluso una completamente distinta si es que así se lo propone, pero creo que siempre se empieza por observar, eso es también una parte del proceso.

Aun así, algunas veces todavía amanezco con el recuerdo de una pesadilla en la que una mano delgada me expulsa del cálido gallinero y se ve obligada a sacrificarme porque no sé comportarme como dios manda que debe hacerlo una buena ave de corral. Quizá es debido a que el sueño se ha repetido muchas veces, pero últimamente despierto sin miedo.

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