Superpoderes

Siempre he tenido un extraño sentido de la responsabilidad y las consecuencias. Quizá en un principio se debió al miedo inherente a las posibilidades de recibir un castigo si no obedecía o cumplía con mis deberes. Pero después fue otra cosa.

Por una parte, sí, era el miedo al enojo de la autoridad en turno, fuera cual fuera. Por otra parte, era el profundo desagrado que hasta ahora me genera el proyectar una imagen de pereza, mediocridad o indiferencia. Pero había otras cosas que fortalecían en mí esa noción de que debía, por todos los medios, ser responsable.

Entre estas cosas figuraba una serie de creencias en torno a la lógica del universo y que muy en mi fuero interno sigo albergando, no porque realmente crea en ellas, sino porque en momentos críticos afloran en mi memoria de un modo peculiar.

Creencia número uno: si no cumplía con algún deber, el curso de mis días y horas, y el destino todo de mi vida entera, se vería afectado negativamente por esa falta. Lo curioso es que ni entonces, ni mucho menos ahora, podía imaginar en qué consistía el curso de toda una vida; ni tampoco era capaz de concebir de qué modo una falta tan trivial como no hacer una tarea de matemáticas, mal lavar los platos o esconder el polvo barrido debajo de un tapete, podía impactar mi futuro de un modo determinante. Lo que sí puedo asegurar es que a pesar de que esta creencia prevalece más bien como una duda, aún me esmero en lavar los trastes lo mejor posible y en que ninguna motita de polvo se esconda en los rincones.

Creencia número dos: si desempeñaba alguna obligación con desgana, desidia o a medias, siempre habría, en ese justo momento, un ser superior, vigilante, que daría cuenta de mi falta ante las respectivas autoridades. Nunca le puse nombre a ese ser, ni tampoco alcancé a definirlo en cuanto a naturaleza, características, poderes, ni nada parecido. Creo que más bien se trataba de una abstracción (luego supe que la habían bautizado como “superyó”), pero con la capacidad de revelar mi falta a través de coincidencias y sin evidenciar su naturaleza sobrehumana: alguien entraba al cuarto para descubrirme en flagrancia, todos notaban a la hora de la comida que había mal lavado los trastes, la maestra de matemáticas se enteraba misteriosamente de que había copiado toda la tarea.

Creencia número tres: cuando mi voluntad para cumplir con mis obligaciones era por completo nula, imaginaba y llegaba a creer que con la fuerza de mi imaginación sería capaz de detener el tiempo y más que detener el tiempo, que podría detener el curso de las vidas de todos los seres y, al quedar todo lo demás en suspenso, sólo yo podría continuar gozando del devenir. En esa pausa, que por cierto duraría todo lo que yo quisiera, podía mirar caricaturas, saquear el refrigerador y aplazar la realización de tareas y quehaceres domésticos; y sólo cuando hubiera cumplido las obligaciones y aprovechado para gozar de un rato de esparcimiento, devolvería al mundo y al tiempo su fluir habitual. La fabulación de este magnífico poder hubiera sido perfecta de no ser porque invariablemente venía acompañada de una consecuencia terrible: todo el tiempo que yo detuviera a lo largo de los años se me iba a venir encima el día menos esperado. Apenas se asomaba este pensamiento, mi ser se sumía en el desasosiego y el consuelo de que mejor era terminar los deberes a tiempo y ya. Alguna vez llegué a preguntarme a cuánto ascendería mi deuda con el tiempo y el universo si hubiera adquirido ese poder. Sobra decir que sigo siendo malísima para las matemáticas.

En estos días he llegado a sentir que el tiempo no es suficiente para hacer todo lo que se supone que tengo que hacer. He llegado a desear ese superpoder para detener la vida y su fluir incesante, y he recordado no sin cierta sorpresa esas creencias que asediaron mis quehaceres de niña. A veces paso varios días con la idea dando vueltas en mi cabeza: “qué haría ahora si pudiera detener el tiempo…”. Cierto es que aún no soy capaz de hacerlo, pero de lo que sí he sido capaz es de ponerme en pausa, mirar a mi alrededor y actuar como si en efecto el tiempo se hubiera detenido.

 

Karla Marrufo

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