XI. Roberta

A las 4:00 am la estación Tormenta estaba en absoluta oscuridad y calma. Para Roberta, los sitios así eran un placer adquirido y gracias a su trabajo conocía muchos. Antes de las 6:00 am clausuraría los torniquetes y las entradas; primero haría una inspección, después el reporte que pasaría al equipo de fumigación, no sin antes darse unos minutos para meditar.

Roberta se fue directo al andén. Echó una ojeada rápida, apagó la luz del celular. El piso, los anuncios en las paredes, la herrería negra, las bancas para sentarse, las líneas amarillas de seguridad desaparecieron en su mente unos segundos después de apagar la luz. Los ojos también miraban el silencio subterráneo.

Dejó el carrete de cinta amarilla para clausurar en el suelo. Roberta podía oír el vacío aumentado del túnel: la humedad resonaba en su propia frecuencia. Le pareció escuchar su nombre pero eso en situaciones de privación de sonidos y luz ya le había pasado.

Caminó a oscuras. ¿Así habrán  andado en las cuevas antiguas, erguidos y a tientas en la oscuridad? Inhaló, exhaló. Así había aprendido a controlar la ansiedad hasta que logró dominarla en los sitios como éste, infestados de sombras para domesticar. Roberta le imprimió algo de carácter a sus pasos por el placer de escucharlos romper el silencio.

En un punto de la pared, Roberta se deslizó hasta el suelo frío, suciamente liso. Hace 3000 años ella podría haber hecho exactamente el mismo movimiento. Sintió que sus manos querían arrastrarse un poco, sin vista no había asco. Sentía el polvo en las palmas. El tiempo era tan chicloso en estos lugares. Prendió el celular: 4:44 am. Trató de calcular un minuto. Prendió el celular y seguía en 4:44.

El oído estaba cada vez más limpio del ruido exterior. Ya distinguía, por ejemplo, el chillido y el ir y venir de las ratas en las vías. Qué importa. Inhaló y exhaló. Meditaría un poco. Algunos duermen para no sentir hambre, pensó.

Unas risas agudas muy lejanas llegaron hasta ella. Provenían del otro lado del andén, probablemente de las escaleras. Se incorporó como pudo. Tomó su celular, echó luz, salió del andén, corrió hacia las escaleras, cruzó hacia el otro lado escuchando el eco de sus pasos mezclarse con las risas; caminó más cautelosa. Las risas aumentaban de volumen. Al llegar ahí no había fuente alguna que las produjera. Como si una civilización de cinco personas hubiese desaparecido dejando un fuego, unas risas, encendido.

Roberta desanduvo las escaleras hasta llegar al otro lado. Las risas quedaban como migas de pan esparcidas entre la duda de lo que acababa de pasarle. Había dejado de escuchar también a la humedad y a las ratas. Sólo sus dudas y su corazón sonaban para ella. No se diga más. Tomó la cinta amarilla y clausuró ambas entradas de estación Tormenta.

Inhaló y exhaló. Regresó nuevamente a las escaleras donde las risas agudas. ¡Ahí seguían! Roberta se sentó en uno de los escalones y desabotonó la cintura de su overol; sacudió los brazos y mejor se quitó el uniforme completo.

Cuando la encontraron sus compañeros, de Roberta salía un torrente de frío en la forma aterradora de carcajada. Era tan contagiosa, dijo.

 

Mónica Flores Lobato

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