Atadas a un corsé

¿Cómo podemos hablar de igualdad sexual cuando existe una doble moral en la sociedad? ¿Puede una mujer, en esta época que se dice moderna, expresar libremente sus deseos sexuales sin ser tachada de puta? ¿Puede hablar sobre masturbación sin sentirse señalada? ¿Puede siquiera hacer referencia al término? Vivimos en un mundo que le permite a las mujeres acudir a las urnas y tachar un papel anónimo pero que todavía no la deja hablar en voz alta.

Hoy las mujeres trabajamos y se espera que aportemos tanto como el hombre a la economía familiar. Tenemos una jornada que no termina al salir de la oficina. Una jornada a la que debemos sumarle las actividades que realizamos dentro del hogar. Las mujeres continuamos siendo piedra angular en nuestra familia: cuidamos, alimentamos, educamos, mantenemos. Y nos cansamos. Las mujeres merecemos todos los esfuerzos que se han realizado para otorgarnos nuestra valía como ser humano.

En 1789, durante la Revolución Francesa, las mujeres se hicieron escuchar, por primera vez, en una marcha hacia Versalles. En dicha marcha exigían su derecho a votar. También han elevado su voz en contra de la discriminación y, ante todo, la han levantado contra esa violencia de la que seguimos siendo objeto.

Para que los esfuerzos sean fructíferos, el mundo debe empezar por vencer esa imagen patriarcal sobre el que está construido. Suprimir la noción de que la mujer es “parte de”, pero no complemento. Dejar de verla sólo como una costilla.

Resulta doloroso que –incluso– aún existan mujeres que se ven a sí mismas de esta manera, que se piensan inferiores y creen merecer el trato que obtienen. Mujeres que desconocen sus derechos. Derechos por los cuales otras han luchado desde hace tiempo.

En 1910 se empezó a conmemorar el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer y no fue, sino hasta 1952, en que dicha fecha quedó instituida por la ONU. Ese mismo organismo ha realizado diversas Conferencias Mundiales sobre la Mujer, siendo la primera en 1975. En esa conferencia se estableció un plan de acción que desembocó en el establecimiento del “Decenio de las Naciones Unidas para la Mujer” (1975-1985). Durante ese tiempo se trabajó en el reconocimiento de la mujer y la reinstauración de sus derechos humanos.

En materia de derechos se ha avanzado, pero la tarea es complicada. Todavía nos rodean ideas preconcebidas –y arcaicas– que aplican prohibiciones a la mujer. Una de ellas, que por su misma simpleza resulta alarmante, es la que pretende establecer la forma en que debe –o no- vestirse. La ropa que usamos se vuelve prejuicio y actúa en nuestra contra. El uso de ropa “indecente” – llámenle mini falda, pantalón ajustado o escote- justifica la violencia sexual y sirve de excusa para restar valor a las acciones que se perpetran en nuestra contra. Se ha llegado a afirmar que si no utilizáramos mini falda, los embarazos no deseados disminuirían. Un absurdo, pero la prohibición a esta prenda ha tocado Coahuila, Veracruz, Guanajuato, Oaxaca y Sinaloa. ¿Qué pasa con las leyes? ¿Es más fácil estereotipar que castigar al que ofende?

Muchas mujeres son violentadas a diario. No sólo física, sino también emocional y verbalmente. Y para violentarlas sobran términos. Por ejemplo, el término “puta” se asocia a sexoservidoras pero también a todas aquellas mujeres que no se ajustan a los cánones establecidos. Las llamadas “buenas costumbres” prevalecen sobre el respeto a la individualidad. Aquí entra esa doble moral de la sociedad; esa sociedad que se dice libre de prejuicios pero que bajo las capas, no es más que una moderna versión de Salem.

En el 2011, diversas ciudades de México otorgaron un espacio a un movimiento que llevó por nombre, precisamente, “La marcha de las Putas”. Esta marcha tuvo su origen en un desafortunado comentario que el policía canadiense Michael Sanguinetti emitió en un seminario sobre agresión sexual que se llevaba a cabo en la Universidad de York, Toronto: “Las mujeres deben evitar vestirse como putas para no ser víctimas de la violencia sexual”. Esto provocó el descontento y se creó la marcha. El objetivo fue hacer patente la discriminación que existe hacia mujer; que la estigmatiza y la acusa de provocar la violencia de la que, en realidad, es víctima.

El movimiento que empezó en Toronto, también se realizó en Gran Bretaña, Nicaragua y Honduras. En México se les unió Guadalajara, el D.F. y Oaxaca.

No hace falta demasiado análisis para darnos cuenta que los prejuicios son inversamente proporcionales a la extensión territorial de la ciudad. Entonces pienso: ¿qué pasaría si este movimiento se realizara en una ciudad chica? ¿Tendría o no afluencia? De ir, ¿quiénes irían?

Sería interesante observar la reacción de la sociedad en estos lugares. Se escandalizarían, sin duda, pero se sentaría un precedente. El haberlo visto en México resulta, por sí mismo, un hecho importante. Este movimiento puso en el escaparate que las mujeres somos libres de expresar nuestra sexualidad de la manera en que mejor nos convenga.

Habría que preguntarnos qué tanto se comprende nuestra sexualidad. Hay quienes todavía objetivizan a la mujer y, al hacerlo, nos anulan. Se nos vuelve dependiente de los deseos del hombre. Como si careciéramos de deseos y necesidades propias.

En 1962, Marilyn Monroe, en una entrevista que concedió a Richard Meryman, y que salió publicada poco antes de su muerte en la revista Life, declara algo que a veces olvidamos: “Todos nacemos como creaturas sexuales”.

Poco después la ONU empezó a luchar formalmente por reinstaurar nuestros derechos, pero, aún hoy, la mujer que exhibe su sexualidad y habla de ella, es considerada una provocadora.

Y es preciso que esto cambie.

La mujer es tan libre como el hombre, ya no está confinada al hogar y a la educación de los hijos. Su rol ha dejado de ser secundario y debe reconocérsele.

Vamos bien, pero falta lo más importante: modificar el comportamiento. Se ha cimentado la teoría, pero aún falta que la sociedad se reeduque. La raíz del problema reside en el pensamiento. Por más logros que se tengan en materia de Derechos Humanos, por más que se le haya otorgado el voto, por más que ella salga a trabajar, por más que opine si la sociedad no escucha, no hemos avanzado.

Escribo para hacer reflexionar a la propia mujer. O por lo menos intentarlo. Escribo para que la mujer deje de ser su peor verdugo. Para dejar de flagelarnos si no logramos nuestros objetivos. Escribo para las demás pero, más que nada, escribo para mí misma.

Vivo en el siglo XXI, en un país donde aún existen ciudades que se asombran al ver a una mujer sola entrar al cine, que estigmatizan de manera velada a la madre soltera, a las divorciadas, a las lesbianas. Rodeada de mujeres que soportan injusticias y que luchan contra ellas. En un mundo que se queja del machismo y convierte al feminismo en un acto de violencia. Un mundo que, de a poco, va perdiendo perspectiva.

Hoy tenemos fácil acceso a la información y ningún pretexto para no utilizarla. El camino es empedrado y angosto. El cansancio puede ser mucho, pero resulta más difícil caminar distancias largas si vamos atadas a un corsé.

Alisma De León

 

 

Fuentes:

Marta Lamas “Género, diferencias de sexo y diferencia sexual”

Mariblanca Staff Wilson. “Mujer y derechos humanos”

Marta Lamas, Proceso “La Marcha de las Putas”

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