Lloro porque quiero

No confío en la gente que no llora. Quizá porque soy una llorona con talento. Lloro cuando el camión no atiende a mi señal de parada porque va llenísimo, cuando no escucho el despertador y se me hace tarde, cuando el microondas no calienta bien mi comida y debo esperar otros dos minutos hambrienta. Creo con firmeza que si uno siente la necesidad de tirarse al llanto, debe hacerlo. Es sano, es puro, es reconfortante. No importa si es en medio de una junta de trabajo, a la espera en la línea de teléfono o de paseo en un centro comercial muy concurrido.

Tengo tal obsesión por la lloradera que en ocasiones busco excusas para llorar: que si el día está alegre y soleado, que si la lluvia entorpece el tráfico y los vuelve a todos unos pendejos, que si el arreglo floral de mi escritorio luce demasiado colorido entre tanto neutro. Ahí voy, a internet, con la ilusión de encontrar nuevas canciones de desamor, poemas sobre la muerte, películas tristísimas o recuerdos de momentos felices. Cualquier cosa. Lloro porque lo importante es romperse, qué más da si es de tristeza, nostalgia, alegría o ridiculez.

Sucede que la sensación que sobreviene al llanto me resulta revitalizadora y adictiva. Como si supiera, después de llorar, que todo, absolutamente todo, estará mejor: los pendientes en la oficina, el amor a distancia, el familiar enfermo, los trastes sucios o la cartera vacía. Todo se compone un poco. De pronto, que el camión tarde demasiado en pasar tiene algo de poético, la añoranza del pasado se convierte en motivación para el futuro o simplemente mi vida parece, por mucho, más afortunada que la de cualquiera por el solo hecho de poder llorar gracias a estas trivialidades.

Dicen que nada resolvemos al llorar, y así es como inicia la represión. Si eres mujer y estás en ánimo llorón: te va a bajar, son las hormonas, ¡qué pinche sensibilita, azotada e insoportable andas! Si eres hombre ni se diga: no tienes derecho, no puedes, no debes, que-ni-se-te-ocurra. Y entonces llorar es malo y anormal.

Yo, si no lloro al menos una vez a la semana, siento que mi cuerpo se expande y acumula aquello que me hace daño, y al liberarlo de esa presión dejo salir lo que puede echarse a perder para carcomerme desde adentro.

Lloro porque hay suficiente amargura en el mundo como para ser otra mujer indiferente. Lloro porque a veces siento que no puedo, aunque sepa perfecto que puedo y bastante bien. Lloro nomás porque pienso en la utopía de tener a alguien que me abra los brazos y reciba mis lágrimas, sin juzgarme: ¿quieres llorar?, aquí está mi hombro y mi pecho y un pañuelo; ¿quieres llorar y estar sola?, aquí me quedo y te veo, sin decir nada, sin moverme; ¿quieres llorar a gritos?, ven, te llevo a donde el silencio no sea un requisito obsceno; ¿quieres llorar con pizza y nieve y ver Netflix?, no busques más, te acompaño, ya conozco tu sabor favorito.

Cuando quiero llorar, pienso en todas estas cosas para decidir si lo hago o no y por qué. Al final, siempre lloro sólo porque quiero.

 

Abby García

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s