La llorona

 

Para Abby

 

Me gusta que llueva. Más cuando estoy en un lugar abierto y puedo oler la tierra mojada. Más cuando sin darme cuenta, quedo atrapada en plena tormenta y me empapo. Así no se nota tanto que estoy llorando.

Ya hace un tiempo que el llanto me acompaña todos los días. Cualquier cosa puede desatarlo. Un niño jugando, una pareja de enamorados, un delicioso platillo, un paisaje perfecto, una canción. Las lágrimas empiezan a brotarme de los ojos sin control alguno, me resbalan por las mejillas y generalmente acabo con el llanto hasta el cuello, porque me olvidaba de enjugarlas.

He pasado por todas las etapas:

Negación.

—Esto no puede estar pasándome. Seguro que mañana ya estoy bien.

Miedo.

—Debe ser una nueva enfermedad incurable y mortal. Se me va a ir la vida por los ojos.

Y finalmente, resignación.

—Tengo los ojos limpísimos, además la gente creerá que soy muy sensible.

Ya busqué ayuda profesional, me hice estudios oftálmicos, neurológicos, psicológicos y hasta fui con un médico brujo. Pero de todos recibo la típica respuesta que una recibe cuando no saben de qué demonios se trata:

—Es una combinación de múltiples factores.

Yo misma soy incapaz de distinguir si la persistente lloradera es puramente un reflejo físico o tiene que ver con una dolencia del alma. Se desencadena en la presencia de cosas o situaciones que efectivamente tienen un referente emocional, sin embargo por la falta total de control en el inicio y fin de cada episodio, no se puede descartar una condición extraña de mi metabolismo.

El incidente más largo duró doce horas. Terminé agotada y corrí a la tienda a tomarme tres botellas de Gatorade para evitar la deshidratación.

Ya lo manejo bastante bien, excepto porque el llanto ha perdido del todo su carácter de desahogo. No me siento ni mejor, ni peor después de llorar. Si me aqueja algún gran sufrimiento, una mala noticia, un dolor insoportable, es posible que me suceda en un momento en que ya estoy llorando y las lágrimas pierden el ritmo, el sentido, la justificación.

Por causa de mi padecimiento poca gente quiere estar conmigo.

Ando por ahí como la llorona de leyenda, pero sin gritos, sin hijos.

Solo encuentro sosiego en los funerales que ocurren en tardes lluviosas, así siento que nos emparejamos todos.

 

 

Catalina Kühne Peimbert

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