Líneas delgadas

He aprendido con el tiempo que nuestro inconsciente va creando una lista de situaciones que no queremos vivir más, momentos que quisiéramos repetir o acciones que queremos mantener. De ahí nacen nuevas ilusiones, sueños o metas. Creo que es natural y válido para cada persona en su propia y única manera.

Esa lista aumenta o se define dependiendo de las experiencias y, al llegar a un punto en el que sabes qué quieres exactamente y buscarlo, te embarca de nuevo.

Has tropezado, has fracasado y eso te enseña y abre los ojos. Piensas, cambias, reaccionas y te pones la camiseta de ese sueño que quieres perseguir y lo haces con tantas ganas, tanto furor, que recargas energía de no sé dónde pero vas. Te levantas y lo encuentras. ¡Qué felicidad!

Es un proceso individual y no es necesario compartir cada paso con el resto de la gente. Y sé que no es obligación de los demás reconocer tu esfuerzo. Lo tengo claro, no es su obligación. Pero he vivido el narcisismo que nace en el pensamiento de la gente y te dice que te estás equivocando. Esa acción egoísta de dar su opinión de manera arbitraria.

Las personas cercanas a ti, darán su opinión, esa es otra acción natural. Quieres a alguien, y, tal vez no a detalle, pero sabes de sus bajones y tropiezos y apenas la ves en algo similar, tu reacción inmediata es levantar la mano y decirlo “hey, te estas equivocando”, “hey, recuerda lo que te pasó” o por lo menos sientes la tentación de hacerlo pues no quieres que vaya y repita el patrón.

Es humano.

Por otro lado, a veces caemos en una ceguera y necesitamos la sacudida. Agradezco a cada persona que ha estado ahí para hacerlo y me ha detenido de realizar acciones o tener pensamientos que, estando vulnerable, bien pudieran haberme hecho caer en algún lugar indeseable. Es parte de las amistades, de las relaciones, de la familia. Es parte de nuestra vida social.

Lo que hoy me duele es ver a una persona, que ha compartido conmigo esas partes bajas de la vida, de pronto con la camiseta de su sueño puesta un momento y ver la negatividad que le llega por todos lados.

Esa línea delgada que separa la preocupación de un ser querido y la negatividad; la línea fina entre aconsejar y juzgar; apoyar y advertir que lo volverá hacer y amenazar con que no estará presente si lo hace. Creo que esa frase siempre está de más. ¿Para qué amenazar? Lastima. No da crédito al proceso previamente vivido por la persona para llegar al punto de decir “¡Va! Esto es lo que quiero”

¿Cómo saber si esa persona está cayendo en lo mismo que la llevará a fallar de nuevo o si es que ha llegado a ese punto en el que ya definió qué quiere y qué no?

No lo sabemos, entonces, ¿por qué imponer?

El apoyo ciego no es bueno, al contrario, a veces daña. Pero creo que por momentos se nos olvida el alcance que tenemos y lo que puede provocar nuestras palabras.

 

Sandra Ramírez

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