Superheroína

Para Alisma

 

Yo no sé muy bien cómo pero un día desperté sintiéndome SuperWoman. Hay mañanas que tengo suerte; días de sueño pesado en los que suena el despertador y no sé muy bien dónde estoy. Por dos gloriosos segundos pienso que estoy en París o que volví a los diecisiete y no he terminado la tarea de Biología. Me basta con abrir bien los ojos para descubrir el rectángulo de luz que se cuela muy tímido por la ventana de mi habitación; me paro a regañadientes mientras todos los habitantes de la casa continúan durmiendo y me convenzo de que hoy, otra vez, me toca ser SuperWoman porque ni conozco París ni me casé con Marty McFly.

Y entonces empieza el día. Reviso el Bullet Journal y veo que –maldita sea mi estampa–  tengo la nada despreciable cantidad de 18 pendientes impostergables para el día 15 de marzo: cinco están en la sección “cosas de la casa”,  diez repartidos entre mis cuatro trabajos y los dos restantes en “asuntos personales”. Por supuesto, paso de largo la sección “proyecto doctoral”, que casi todos los días amanece mirándome muy feo y enseñándome unos colmillitos harto simpáticos pero temibles. Y es justo en ese momento en el que me digo: “no, Nidia; no puede ser que unos cuantos pendientillos te derroten. Siempre has cumplido con todo”. Y no se diga más, me pongo mi capa, me como dos galletas y me lanzo por el mundo a desfacer entuertos y socorrer menesterosos.

Mientras manejo pienso en todo lo que haré cuando termine esos pendientes. Y me digo algo muy parecido a esto: “Voy a usar ese tiempo para dormir. No. Mejor para leer. ¡No, para escribir! No es suficiente.  Mejor para pintarme las uñas. O no porque pintarme las uñas implica mucho tiempo, mejor para limar las uñas. O no, mejor solo me las corto y el tiempo que me sobre me siento a no hacer nada”. A esas horas de la mañana, la resolución me parece sensata y justa, pero conforme va avanzando el día la malhadada capa me va pesando como si fuera un anorak, las mallitas me acaloran y el calzón se va encogiendo o tal vez mi compulsiva ingesta de carbohidratos para sobrevivir al día hace que las caderas se me ensanchen en un par de horas. A estas alturas siempre me topo con alguien que me dice algo como: “pero te ves muy mal, ¿no has dormido?” o “y eso que no tienes hijos” o “estás muy distraída, vives en la luna”.

Y aquí viene lo interesante. Cuando en días como hoy me pongo a reflexionar por qué rayos me comporto así, por qué se me rompen las ilusiones cuando me dicen que ando en la luna y que debo concentrarme, no tengo una respuesta. Nadie me dijo que tenía que ser Superwoman. Al parecer, nadie espera que haga todo lo que hago y permanezca fresca como una lechuga.  Y digo al parecer porque probablemente, para muchos, sí es lo esperado de una mujer adulta en etapa productiva. Esto de jugar al incansable es una cuestión aprendida: a veces somos los rescatadores y a veces los rescatados. En algún momento, mientras comía palomitas con mi hermano o quizá mientras mi mamá preparaba mi lonchera, se me quedó muy grabado que no bastaba con lo que soy, que al ser adulta tendría que convertirme en alguien, y qué mejor alguien que la mujer maravilla. Y así vamos por el mundo: para amar hay que rompernos los corazones; para trabajar, la espalda; para estudiar, quedarnos ciegos; para ser hermosos, mutilarnos. Somos, en suma, un ansia de no ser nuestros cuerpos, débiles, vulnerables, finitos, sin batería: demasiada carne para unos mallones de licra por lo demás ridículos.

 

Nidia Cuan

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s