Las cartas que no escribí

*inicios fallidos

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  1. he leído este libro unas cinco veces e invariablemente, las cinco veces he terminado sumergida en el idioma más elocuente de las lágrimas.

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  1. no sé cómo empezar a hacer esto. presentar. comentar. dar a conocer. invitar a la lectura. dicen que debemos guardar las formas. eso: la formalidad. eso: lo formal: que sólo quede patente el profesionalismo, la capacidad de síntesis, la razón por encima de la emoción, las palabras precisas para decir “a esto nos dedicamos”, a las palabras, a no admitir que a veces faltan, a no reconocer que a veces, muchas veces, salen sobrando.

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  1. dice lobo antunes que escribir es el arte de hacer llorar sin ofrecer un pañuelo. hay obras de arte que, entonces, para qué explicar.

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  1. querido lector, una advertencia que diga, ahí en las páginas de cortesía, estese usted atento porque la confrontación, porque la tristeza, porque la pérdida, porque las ausencias, porque la muerte, porque, querida lectora, si usted es mujer, si usted es madre, si usted es hija, si usted triste, si usted ausencia, si usted muerte, se hallará perdida en medio de estas páginas, una advertencia que diga, ahí en los blancos de la cortesía. advertir cortésmente, con toda formalidad: esta historia contiene altas dosis de no puede ser posible, en qué cabeza cabe e incontables por qué por qué por qué…

 

*cartas fallidas

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  1. Querida Ele,

esta es la más difícil presentación que he hecho jamás en la vida. no sé si lo logre. no sé qué diré. el tiempo, el tiempo carnicero, dice que menos de 24 horas y contando. no quiero llorar porque la formalidad, porque el espacio público, porque no todos comprenden el idioma de las lágrimas, porque porque porque…

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  1. Querida Ele,

leerás todos estos intentos de carta. porque después de la presentación te los obsequiaré a manera de testimonio, de intercambio, de diálogo, quizás. porque a veces sólo así se aplacan ciertos demonios.

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  1. Querida Ele,

no lo estoy logrando. no estoy diciendo… lo único que me consuela es que aquí, a mi lado, de muchas maneras distintas, me acompañas en el duelo.

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  1. Querida Ele,

me gustaría empezar agradeciéndote la invitación a presentar tu libro y a la gente que ha asistido esta tarde y decir formalmente, con ecuanimidad, lo que una debe decir y ya está. sonreír, porque en estos casos dicen que es lo deseable, saludar y dar la cara. eso, entregar cosas que no te pertenecen porque, a veces, se conducen solas…

 

 

*la no-carta que sí leí

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dicen que “la poesía es una forma de restaurar el tiempo”[1] y yo lo creo. En este caso particular, además de restaurar el tiempo, se trata de un modo de “amaestrar lo que ha dolido”. Creo que “esto no es un libro, sino un camino de palabras hacia la memoria”[2], la individual y la colectiva. En este camino deambulan historias que por desgracia reconocemos, recordamos: la enfermera asesinada, desollada, y cuyo cuerpo fue abandonado al pie de la carretera; el homicidio de una prostituta en Mexicali, la chica que advirtió en Facebook que su ex novio la hostigaba y terminó matándola, la madre que vendió a la hija por 8 mil pesos. Son historias que identificamos no porque hayamos estado al tanto de las noticias en ese momento, sino porque suenan a algo que podría pasar, a cosas que pasan, a sucesos familiares, cotidianos, a veces incluso anodinos en su repetición: ah, otra prostituta muerta, una más

dicen que es necesario levantar la voz, nombrar los hechos, dar cuenta de los nombres, y yo lo creo; así como creo que escribir y que un cierto tipo de escritura, no es un pasatiempo accesorio o una frivolidad, sino un pronunciamiento político. Creo que escribir el dolor y la belleza, la historia personal en el marco de lo colectivo, nombrar los signos atroces que han cercenado vidas y memorias, es una vía efectiva, y sobre todo necesaria, para la denuncia y el testimonio

Las cartas que no leí de Nidia Cuan es esto y muchas cosas más. Es un acercamiento, a través del lenguaje coloquial y poético, a aquellos detalles que dotan de una dimensión vital las historias de estas mujeres. Si bien, algunas de ellas tienen un nombre y un apellido, los signos dispuestos para contar una parte de sus vidas genera una cercanía con el lector, la lectora, que lleva este testimonio a espacios mucho más cercanos a la reflexión, la imaginación y la conciencia. En la reconstrucción de los hechos se encuentra la necesaria/urgente empatía para mirar y para mirarnos en los demás

en este contexto de urgencia, sin embargo, todavía hay voces empeñadas en decir que ya no hace falta exigir derechos, manifestarse públicamente, hablar de las situaciones que viven todos los días miles de mujeres en este país, por decir lo menos. Pero el día a día nos dice otra cosa, las notas del diario, los portales en línea e incluso los buscadores, dan cuenta de una serie de creencias y actitudes que siguen orillando a las mujeres a espacios de opresión y violencia de todo tipo. En el poema “Google search: imagine, console, history, tips”, la autora configura algunas de las posibilidades derivadas de una simple búsqueda en Google con las palabras “Mi esposo no quiere que…/mi novio no quiere que…”, desplegando una gama de conductas totalmente vigentes en nuestra sociedad: “Mi esposo no quiere que/ mi esposo no quiere que trabaje,/ que estudie/ que lo toque/ que vea a mi familia […] Mi novio no quiere que/ mi novio no quiere que trabaje/ aunque soy biodegradable/ que salga/ que lo toque/ (el único pero es que no tengo cosquillas)/ no quiere que estudie/ El único pero, pienso, es que no tengo cosquillas. Pero ¿si lo dejo ir y es el hombre de mi vida? Después de mí lo va a demostrar” (35-36)

dicen que el principio más elemental de una carta es la ausencia. Por eso, en ese espacio entre quien escribe y el destinatario, hay cabida para todos los detalles, momentos, recuerdos, simplezas, observaciones, fabulaciones y preguntas con las que se intenta compensar esa ausencia. Estas cartas que no fueron o no llegaron, precisamente juegan con las posibilidades del decir, para que la palabra no se limite a su significado, sino que se relacione con lo que podría llegar a ser, con lo que hubiera sido, con lo que nunca fue

además de poesía y denuncia, Las cartas que no leí es un intento por contar la historia que no se contó, la historia familiar, signada por la violencia, la ausencia y el anonimato; la historia que habría estado en las cartas de quienes no estuvieron, pero de la que han quedado ciertos vestigios que quizá sólo a través de la poesía es posible reunir para hacerla asequible y darle un espacio en la constelación familiar. Esta vuelta al pasado también es una lucha con las trampas de la memoria, con todo aquello que se empeña en desaparecer cuando uno lo persigue con mayor empeño. Así se levanta esta lucha en libro: “dicen los científicos que un recuerdo es siempre el recuerdo de un recuerdo” y que al final todo recuerdo es una mentira. Y sin embargo, algo verdadero, para uno mismo, queda impreso en estas réplicas memorísticas, algo que puede llegar a tener un sentido y ayudarnos a conciliar el pasado con el presente

pero así, la memoria infantil regresa para mezclarse con el presente y reacomodar la vida de las mujeres de la familia: la abuela, la madre, la hija. A través de este ajuste de generación en generación se van tendiendo hilos hacia las historias previas, pero también hacia el momento actual, y en ese entramado participa el lector como testigo y parte de una narración a muchas voces que se sigue, que seguimos, contando

he dicho ya que este libro expresa la sensibilidad de nuestra época, nuestro país y de un sinnúmero de mujeres cuyas historias son el eco de estas páginas y de esta memoria que vuelve a pasar por el corazón con la consigna de “amaestrar lo que ha dolido”. Lo que no había dicho es que, a pesar de todo, Las cartas que no leí se perfila hacia un final feliz, pues “no es del todo desdichado quien es capaz de contar su propia historia”[3] y entregarla a los otros en un acto de franca, genuina, comunión.

[1] Ernesto Kavi

[2] Ibid.

[3] María Zambrano.

 

Karla Marrufo

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