XII. BEA

Bea lleva un abrigo largo color marrón, guantes y bufanda rosa pálido, lentes oscuros. Está tan cubierta porque siente que su deseo es neón brillante y una pulgada de piel expuesta podría delatarla. Debajo del abrigo, la bufanda, debajo del pantalón y de la tanga a juego con su abrigo, está su sexo expectante como una planta exótica de la familia de las mimosáceas, una de esas sensibles plantas que se pliegan al tacto.

Bea y Julio esperaron más de quince años. Haciendo cuentas, se gustaron desde el minuto uno de conocerse, cuando eran jóvenes y cada uno tenía novia y novio. Pasaron las relaciones, pasaron los matrimonios, pasaron los divorcios asincrónicos, las maestrías, pasaron los hijos, los trabajos absorbentes y las segundas vueltas con sus respectivos fracasos y duelos.

Hoy la cita es a las 10 de la mañana en un hotel de paso a cuatro estaciones de estación Tormenta, pero Bea está en el andén desde las 8 haciendo tiempo. ¿Cómo entrará al cuarto? ¿Qué dirá? ¿Julio la pegará a la pared y le dará un beso desesperado? ¿Hablarán?  ¿Ella logrará verse en las pupilas dilatadas de él? ¿Y si no se dilatan? ¿Y si se enamora? Tantas emociones, tantas fantasías durante años, ¿es justo terminarlas con una dosis de realidad? ¿Y si Julio no le volvía a hablar? Ese escenario le entumió el corazón. Sería terrible si no le hablaba nunca más. Su autoestima se iría a la basura. Tendría que ahogar bajo almohadas sin funda una de sus fantasías más duraderas. Su sexo pedía en el lenguaje del cuerpo que apagara el temor, que apagara toda la verborrea cerebral y fluyera en su versión palpitante.

Estaba en ese contrapunto cuando vio entrar a una pareja al andén. Era Julio con su tercer esposa, no la conocía. Iban de la mano. Esperaron juntos el tren y él puso su mano en la espalda de ella mientras entraban. Ella se veía tranquila. Bea se quedó con esa imagen. Desanduvo sus pasos. Regresó a casa. Vio porno. Pidió pizza. Le habló a sus amigas. Jugó por la noche plants vs zombies. Su sexo peciolado, expectante, no dejó de latir ni un segundo.

 

Mónica Flores

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