De palabras como hilos

Imagino el lenguaje como una trenza. Las palabras como esos finos cabellos dispuestos para formarla. Pienso, también, en las palabras como hilos. Fantaseo en lo que sería si viniéramos al mundo con una palabra –sólo una– pegada al pecho. Dicha palabra adquiriría significado en base a nosotros y nos haría responsables de ella, de su cuidado y permanencia.

Por ejemplo, quizá habría quienes nacerían con la palabra anémona adherida al pecho; algunos apreciarían su sonoridad  y la dirían en voz alta inyectándole a la anémona una cierta dignidad. Quizá otra persona –en otro lugar del mundo– al acunarla, pensaría en el mar, en tentáculos flotando en silencio mientras resguardan en su interior a otras especies. Y la anémona se convertiría en una palabra protectora. Lo mismo sucedería con palabras como

perseverancia sombra sueño euforia resiliencia actitud coincidir depredador amor hijo cabrón palabra amar libertad corazón gracias coraje lapislázuli ternura volar confianza valor sueños deseos pinche feliz dualidad felicidad regalo fascinante creer andamio salamandra sonrisa analogía inmenso esperanza alegría sí relativo ataraxia Lisboa vehemente puente soledad terso justicia formidable confía recíproco bonetería sublime innovación ideas voluntad paz juego mezzanine monocotiledónea balance ágape Alcatraz siempre monstruo arena maya cerebro parsimonioso playa chocolate canela empatía silente compasión

que al pertenecernos y saberlas nuestras, harían del lenguaje –ahora sí– un medio en el que tendríamos una participación activa. Las palabras –en ese mundo utópico de mi imaginación– se convertirían en una responsabilidad a la vez puente entre cada uno de nosotros. Seríamos dueños de una palabra como hilo/cabello fino que entrenzaríamos con cuidado para hacer del lenguaje conformado por personas/palabras un lazo común y perdurable.

P.d. De nacer con una, elegiría como mía: edificar.

 

Alisma De León

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2 thoughts on “De palabras como hilos

  1. Hay palabras que me gustan mucho. Algunas por su sonoridad o sus alcances, otras por algún matiz sutil de su significado. Están las que llevan cosidos pedacitos de lo vivido, y otras que no dejan de soprenderme. Unas que conocí de niño, otras que me encontré recién. La idea de elegir una sola, llevarla y cuidar de ella me parece abrumadora por dos razones:

    1) Percibo a algunas (como «silencio» o «universo») demasiado grandes como para unirse a una única persona. De ser así, no sé si terminarían devorándola o haciéndola sentir diminuta. Y de no serlo, ¿cómo distinguir a alguien en ese ovillo-ramillete de gente? O más bien, ¿cómo cerciorarnos de que no estamos repitiendo la palabra sino cambiando de persona?
    2) Hay otras, como azogue o argamasa —dos de mis favoritas, por cierto— que dan ganas de rescatar del olvido y el desuso, pero todos conocemos de sobra los riesgos de intentar salvar a quien no ha pedido auxilio (porque quizá no desea ni necesita ser rescatado).

    Ya alargué y enredé lo bastante el comentario. Aunque bien podría apodarme circunloquio, creo que la mía sería «borde» (el sustantivo, el verbo imperativo). Me gusta mucho aun sabiendo que las palabras también cambian mucho de persona.

    1. Hola, me quedé pensando en esas palabras como personas que quizá, solo quizá, no quieren o necesitan ser salvadas. Tal vez sea cierto, pero a todos nos va bien sabernos recordados de cuando en cuando, ¿no crees?

      Gracias por un comentario tan bonito. Por cierto, borde es una palabra extraordinaria; pienso que es ahí, en el borde, cuando se pueden sucitar grandes descubrimientos. Además, la palabra borde posee la capacidad innata de adherirse a otra todavía más potente: fortaleza.

      Alisma.

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