Desayuno cometas los sábados

Uno de los atractivos de escribir es que puedes tomar la realidad, hacerla un papalote y echarla a volar y ahí ir tirando de la cuerda para orientarla a donde mejor te parezca.

Así es como pretendo resolver un enigma que me lleva molestando casi un mes.

Resulta que me encanta desayunar, me atrevería a decir que el desayuno es mi comida favorita, si no fuera porque me gusta tanto comer. Pero creo que algo tiene de especial el cafecito, el pan dulce, los chilaquiles con huevo montado, enfrijoladas veracruzanas, tasajo con mole o etcétera. Sí, me gusta desayunar como diputado priista de los setenta. Pero la cocina no se me da, entonces los sábados voy a algún cafecito local a tomar mis sagrados alimentos.

Así fue como uno de esos sábados encontré en la mesa de enfrente a mi hombre ideal. Alto, guapo y leyendo un libro muy concentrado. Ante esa hermosa visión, solo se me ocurrió abrir mi propio libro y suspirar.

El siguiente sábado se me ocurrió volver un poco más arreglada, bañada por ejemplo, para no exagerar, pero verme un poco mejor. Aunque no tenía muchas esperanzas de que estuviera ahí.

Y sí estaba.

Por cerca de tres meses con todos sus sábados, excepto alguno en que de plano no pude levantarme. Nos encontramos, nos deseamos los buenos días, nos preguntamos nuestros nombres, nos sonreímos, hasta le regalé un par de mis libros y ¡nos abrazamos! y todo iba (según yo) muy bien.

Pero hace tres semanas que ni sus luces.

Por lo tanto he decidido pensar que era un asesino en serie que estaba casi listo para matarme y cuando leyó mis hermosos relatos para niños se abrió su negro corazón, decidió enmendar su vida y se fue a África de misionero.

O que era un agente secreto encubierto cuidándome de un peligro inminente que logró neutralizar y se fue al caer la tarde, con la satisfacción de la misión cumplida y el corazón roto.

O se despertó un sábado sin saber en dónde estaba, ni cómo se llamaba, sintiendo que tenía que estar en algún lugar, pero incapaz de recordar a cuál.

O algo así.

Depende que tan fuerte esté el viento.

Catalina Kühne Peimbert

 

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