De cómo empiezan a afectarme los treinta

Anoche soñé que me linchaban en el mundo virtual por decir algo en un mensaje supuestamente privado. ¿Cómo puede uno ir tan campante por la vida, contar intimidades y esas cosas, cuando existen las capturas de pantalla, las filtraciones de la nube y los ociosos que se divierten al quebrantar la privacidad de los demás?

Últimamente siento la paranoia de cuidar todo lo que digo en redes sociales (en la vida real no hay respaldo de información ni existe la caché, podemos atribuir todo a un fallo en la memoria). Intento ser prudente tanto en las conversaciones casuales de Whatsapp como al emitir mis opiniones personales en Twitter o Facebook. Muchas veces fracaso, claro está.

Una de las razones, no voy a negarlo, es que disfruto mucho quejarme. Aunque no me guste aceptarlo, soy noventa por ciento millennial, nativa digital, entonces mis quejas van de la mano con la tecnología. Soy una persona promedio, tengo una rutina bastante ordinaria y eso me permite tener a diario suficientes motivos para vivir en una queja constante. Pero, sobre todo, me encanta, me fascina, me complace chingón quejarme de mi sueldo. Así, cada vez que lanzo un improperio al respecto, me muerdo las uñas y la lengua ante la idea de que el comentario llegue a oídos de quien pudiera influir en la decisión de anular tan preciado detallito de mi vida laboral.

**Nota aclaratoria para quien corresponda: la verdad es que no gano mal (¿o sí?), pasa que, igual que a cualquier persona promedio de este país, no me alcanza para una chingada.

Manejo la oscura creencia de que al usar mis redes sociales en la computadora de la oficina, toda conversación, todo movimiento, toda búsqueda, click, me gusta o retuit, quedará grabado para siempre en el historial del servidor y su poderoso software vigilante que vendrá después, guadaña en mano, para juzgarme, acusarme y cercenarme los dedos y la nariz, sobre todo por todo lo emitido en horario laboral, por supuesto.

La cosa no queda ahí. Si por algún impulso emocional yo me viera en la necesidad de quejarme, no sé, de alguien, quien sea: qué miedo que el receptor de mi queja la haga pública o se la envíe al interesado. Qué vergüenza.

Ni hablar de la posibilidad romántica de enviar nudes o sextear, es algo inconcebible: en automático, todos a mi alrededor se enterarían de mi pecaminoso hábito. Para ambos casos, debo tener preparado un discurso para justificarme: que si la emoción del momento, que si la libertad sexual femenina, que si todo era una pequeña broma muy bien elaborada para desconcertar al otro: ¡mira, yo también guardé nuestra conversación! ¡También tengo fotos tuyas muy comprometedoras!

¿Porno? En mi historial no existe. ¿Qué tal que muero y quien se quede con mi laptop o celular le da por indagar en mis visitas más frecuentes en la red? No. No. No.

En mi defensa diré que todo es culpa de la edad. No es que tema a la pequeña inquisición que se ha formado aquí y allá, no, ni a los bandos rudos y técnicos, intelectuales, opinólogos, jueces y verdugos, que poseen la autoridad amoral para exponer, linchar, quemar y desprestigiar a cualquiera. No, no es que tenga miedo. No es que nadie antes que yo no haya hecho un screenshot o compartido un meme, o que nadie se haya quejado de su trabajo o del colega insoportable. Lo que pasa es que madurar es autocensurarse y yo ya estoy grandecita.

Abby García

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