Reencarnación

A veces eres el viento desordenando árboles, pájaros al vuelo, los escritorios de aquellos sitios donde nadie alcanzó a cerrar a tiempo una ventana, ni a detener la cortina que volcó el café sobre los papeles importantes.

Ciertos días te he escuchado guardar el silencio más justo entre el trinar mañanero de las aves. Otras veces te he visto precipitarte, ola sobre ola, en la arena, como si marcaras el compás de una canción donde nunca figuró la mujer con sombrero.

Sé que en las noches claras recapacitas en la luna, en las nubes ausentes, en los años luz de fuego extinto en las estrellas. Te he visto espiral cuando el humo del incienso se aletarga en una calma tres veces eterna, así como en el vuelo áureo de ciertos insectos.

Cuando abrazo a los seres que amo, cuando apoyo mi rostro en la almohada, cuando mi mano amortigua la espera en mi barbilla, escucho tu aleteo de hojarasca, libre y viva.

A veces también es tu voz la que vuelve para decirme cómo se escribe una palabra, para despertarme dudas, para repetir la broma infalible, la afirmación más oportuna, la palabra del adiós.

En el tiempo te desplazas con prisa y con cautela, con el vértigo de la inmovilidad amenazada. Y es en esa convención del segundero donde sé que a veces caminas, como siempre fue tu costumbre, sin volver la vista atrás.

Has sido el hilo entretejido en mis pulseras, los centavos que encuentro al azar en el camino, mi café siempre portátil, las páginas de los libros que llevo conmigo a todas partes, mi caligrafía más despreocupada, la torpeza y la debilidad creciente de mis manos. No me creerías si te dijera que incluso eres a veces la mirada infinita y caleidoscópica de mi perro, su suavidad de nube y su abrazo impostergable.

Justo ahora, en medio del viento implacable de un abril que inicia sin titubeos, escucho tus palabras al decir “yo sí creo en la reencarnación” y mi ingenuo intento por querer saber en qué pensabas reencarnar. Ya comprendo la elocuencia del silencio con que entonces respondiste y tu media sonrisa de punto final, ésa que últimamente se me ha venido apareciendo, al final de cada día, en el espejo.

 

 

Karla Marrufo

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