XIII. Olga

No pertenece a la locura ninguna de las personas en el andén de estación Tormenta si saben la diferencia entre el infierno y el mar.

Olga es una mujer corpulenta, ancha, que lleva varias capas de vestidos, faldas y suéteres azules y rojos. Ella escogió su nombre a los cuarenta y nueve años, cuando comenzó a errar por grandes distancias.

Entra a estación Tormenta como barco abriendo las olas, la gente se pega a las paredes para dejarla pasar. Despide un olor nauseabundo pero así huele el mar en el fondo, a donde todos los que estamos aquí iremos a parar. Su mirada está de cacería. Por fin llega al andén y sonríe tanto con la boca tan abierta que si hundiera la cara en el mar se llenaría de peces: encontró el mármol blanco que tanto había buscado. Olga cae de rodillas y abre sus brazos en cruz; toca con su pecho el piso para besar la santa superficie blanca, blanca como la arena más pura.

Un señor se le acerca. ¿Está usted bien, señora? ¿Se siente bien?

Olga levanta de nuevo el tronco, queda de rodillas en actitud devota.

—Estoy bien, llegué al Banco— dice Olga.

—No, señora, es una estación—, contesta el señor.

—¡Esto un Santo Banco Blanco lleno de dinero!—, dice violenta. —¡Mi iglesia! Yo voy a rezar a mi banco para que me llene de dinero. Creo en el dinero como creo en el mar. ¿Usted no cree en el dinero?

El hombre mira para todos lados. La mano de Olga está por alcanzarlo porque Olga se siente en gracia y tal vez lo pueda tocar e iluminar antes de que se vaya al fondo,  pero el hombre la esquiva y se aleja rápido.

Olga junta las manos, cierra los ojos y reza.

Ella es una isla. Siente con los poros, en la nuca, cómo los peces la rodean curiosos, querrían que estuviera descalza para comer piel de sus pies, devorarle las callosidades; siente las ondas suaves de las miradas nerviosas de todas esas criaturitas antes de que escurridizos sigan sus trayectos. Olga abre los ojos.

Cuatro policías buscan levantarla mientras una rueda de mirones espera acción. Los policías tienen un gesto contraído. Olga aletea para impedir que la levanten. Por fin la agarran de los brazos, de las axilas, y comienzan a subirla bufando.

—No me diga usted que no moriría por su fe—, dice Olga.

El policía no contesta.

—Desde tiempos antiguos, es asfixiante vivir entre peces y aún así los amo. Ustedes no son peces, ¿verdad? Son fieras. Si no matan a nadie, entonces sí son más como peces… hasta que quieran dinero. Entonces matan… pero no es por dinero. Ya nadie quiere dinero, como yo, óiganlo bien, el dinero es el mayor acto de magia, el mayor acto de fe. Ustedes quieren otra cosa.

Dejaron a Olga fuera de estación Tormenta. La gente recuperó su prisa, sus carriles. Los policías se quedaron cansados haciendo guardia en la  entrada mientras miraban a Olga errar y hablar en voz alta con camino hacia el norte.

 

Mónica Flores Lobato

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