Que toda la muerte es sueño

Bajé las escaleras de dos en dos, pisando fuerte, como si estuviera matando cucarachas. Si mi mamá estuviera aquí me regañaría por escandalosa.

“Las señoritas no deben caminar como si fueran elefantes.”

Y entonces claro, yo me pondría a pensar en una señorita elefanta, caminando de puntillas, vestida de bailarina de ballet y con las pestañas largas, largas y luego en que por más que le dé vueltas no recuerdo haber escuchado nunca los pasos de un paquidermo, pero eso no es necesariamente porque no hagan ruido, sino porque yo nunca he paseado con uno. ¡Ah cómo me gustaría haber crecido en África para caminar entre las manadas de elefantes todos los miércoles! O mejor los jueves que ya están más cerca del fin de semana y…

Pero tenía que dejar de divagar, necesitaba la cabeza pegada al cuerpo, sostenida por los pies, en la tierra. Y los pies haciendo todo el ruido posible para acallar el sonsonete de los últimos días.

Desde que me morí empecé a recibir instrucciones, había un ruido sordo persiguiéndome y no podía distinguir bien qué decía. Sonaba como un radio mal sintonizado a la lejanía, lograba distinguir sólo algunas palabras, que siguiera bajando y que me concentrara.

Pensé que acá en el otro mundo me iba a librar de regaños, pensé que iba a poder regresar como fantasma para jalarle las patas a los que me cayeran gordos, reencarnar en otros cuerpos, vivir otras vidas. Ser un perro o un deportista olímpico, o por lo menos estar en una nube tocando el arpa con un vestido blanco y hermosas alas. ¿A quién se le habrá ocurrido todo eso? ¿Sólo lo hicieron por inventar? Mi teoría era que no, que esos que cuentan lo que pasa es porque se murieron como yo, pero regresaron por alguna razón. Yo quería regresar, pero no porque tuviera algo que contar, no había visto nada, es que estaba aburrida y extrañaba todo, sobretodo la comida. Pero las escaleras no terminaban y de pronto se hicieron irregulares, como mi pensamiento y así como voy dando tumbos de una idea a otra, así me rodé escalera abajo, de una manera un poco más dolorosa y nada divertida.

Y ahí tienen otro mito de la muerte, nada de que se acaba el dolor, tardé bastante rato en incorporarme y estuve segura de que todos los puntos de mi cuerpo que habían tenido contacto con el piso se estaban poniendo morados a medida que pasaban los minutos.

Cuando ya estaba más recompuesta la voz se volvió mucho más nítida, al grado de que se materializó en una persona que por muy poquito no era idéntica a un ángel de los que tocaba el arpa. Muy bello o bella, nunca he sabido bien si los ángeles son hombres o mujeres, tal vez son simplemente ángeles. Yo tan chiquita y llevándome mis prejuicios a la tumba. Porque estaba claro que ahí era donde había llegado. Que como en los sueños era mi tumba, aunque no lo parecía. ¿Sería entonces pues que no era la vida, sino la muerte lo que era sueño?

Sueño me estaba dando. A lo mejor todo esto terminaba en un despertar sudoroso, pero con vida, tal vez me caí de la cama y por eso los golpes. Así es el subconsciente. Acomoda todo a su conveniencia.

Pero nada de despertar, poco a poco fui sintiendo el rigor mortis, pero en la cabeza. Mi ágil imaginación va cada vez más despacio, el cúmulo de pensamientos empieza a desaparecer y se convierte en uno solo, sencillo y plano como la línea plana del electrocardiograma de un muerto, una muerta. Yo.

Muerte cerebral.

“Las señoritas no deben platicar después de muertas.”

 

Catalina Kühne Peimbert

 

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