XIV. LANTANA

Cuando llega el viernes y dan las ocho de la noche y su cuidadora toma un fin de semana para descansar y el cielo toma un color azul plomizo y las copas de los árboles se vuelven siluetas negras que danzan o no, dependiendo del viento, Lantana hace el ritual contraproducente de intentar no pensar en la muerte, llevando el pensamiento a un modo obsesivo y monotemático como si ese fuera el único discurso que el espejo le devuelve mientras cepilla y perfuma su escaso y blanco cabello. Teme morir mientras duerme y teme que la encuentren pestilente el lunes, por eso se embadurna con un aceite corporal de vainilla y le suplica al futuro que la acecha que no la haga morir en fin de semana. Prende el radio y quiere que la música calme al estribillo en su mente. Toma un vaso de leche caliente. Entra en una pijama suave de colores pastel. Cuando llega la hora de dormir, Lantana levanta las cobijas de su cama atenazada por las pinzas invisibles de su angustia.

Por fin sucede.

Lantana sube al sueño. El vagón está parado en estación Tormenta, hace años que no pasaba por ahí. Toma asiento, hay poca gente y todos están sentados. Mira los rostros, ¿qué tienen de peculiar? Hay algo en ellos, algo en común. Nadie luce cansado. Mira por la ventana. Qué raro. Están en estación Tormenta pero en los anuncios hay nubes que cambian una y otra vez de color: comienzan blancas, luego son grises, luego sólo parecen sucias como si las hubieran borrado mal, luego toman colores caprichosos y alegres. Naranja. Rosa. Lila. Violeta.

Suena el timbre de las puertas y Lantana duda, ¿cómo llegué aquí? ¿Me quedé dormida o me morí sin darme cuenta? ¿Podría no darme cuenta? Que alguien me diga, ¿este tren nos está llevando a un sueño o a la muerte? Nadie contesta, la miran como si fueran su reflejo en versión inexpresiva. Ella no quiere ir más en ese horrible tren.

Lantana se para rápidamente y corre hacia la puerta anticipando que tendrá que poner los codos y el cuerpo como oposición al cierre. Va dispuesta a luchar; ella se siente tan joven por dentro, casi de cincuenta, también de veinte y de cinco. Pero llega a la puerta y no pasa nada. El timbre calla y las puertas siguen abiertas. Es libre de salir del vagón. El tren está inmóvil. No llegan más pasajeros. Sólo los anuncios de nubes alternan colores. Asoma la cabeza. En el andén se escucha en loop el canto de al menos tres especies de pájaros. ¿Son la vida o son un sistema para tranquilizar a los pasajeros en tránsito?

Lantana sigue asomada como una Adelita que llegó a los cien años con los ojos incapaces de descifrar el horizonte. Ve una estación des-conocida. No sabe si subir al tren o bajar del tren. Ojalá pudiera gritar y despertarse. Ojalá pronto fuera lunes.

 

Mónica Flores Lobato

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