Felicidad por turnos

Malena se despierta por la mañana, sacudida por la mano del destino o, quizá, por el olor a hotcakes que se ha deslizado por debajo de su puerta hasta susurrarle al oído que es conveniente levantarse. Piensa que es afortunada de tener ocho años y vivir en la casa de una mamá que hace los mejores desayunos.

En ese lugar a veces ocurren cosas felices o desgraciadas, pero esta vez se trata de un evento feliz porque hubo un sobrante de la quincena con el que la mamá de Malena dio el primer pago para un estéreo. Es un estéreo blanco, como del futuro, con superficie brillante. Un estéreo-promesa.

Debería de haber un nombre para lo que se da antes de una promesa, lo que acompaña a la promesa antes de que esta sea formulada, piensa Malena. Porque ve en los ojos de Martha, la mamá, una alegría que de tan desaparecida ya la daba por extinta y no sabe cómo nombrarla.

De la caja salen unos trozos de nieve seca y el estéreo envuelto en plástico con burbujas. Los ojos de Malena se ponen repletos de lo que hasta hace unos momentos estaba contenido en los de su mamá, esa sustancia que no es la felicidad en sí misma sino un líquido prefelicidad hecho del mismo material del que están formadas las lágrimas.

La prefelicidad de Malena no es a causa del estéreo-promesa ni de los discos de Pablo Milanés que ahora podrán escuchar durante las fiestas. Está al fondo de la caja y no tiene color sino aire encerrado en almohadillas redondas que parecen ampollas o burbujas atrapadas.

Por esa capacidad que tienen algunos niños de ver tesoros en cualquier lugar, Malena imagina lo mucho que va a divertirse reventando las burbujas de a una, estirando el plástico hasta que éste explote. Se ve a sí misma, en un futuro posible, liberando pequeñas porciones de viento contenidas en las prisiones circulares, casi las escucha hacer poc entre sus pequeños dedos.

Por esa capacidad que tienen las madres para anticipar catástrofes y pleitos entre los hijos, Malena se cuida muy bien de no demostrarle a su mamá que tiene interés en el plástico, lo que significaría que Rodri, el hermano menor, puede interesarse también y que habría que dividir a la mitad el hallazgo. Por eso la niña esquiva la mirada de Martha, para que nadie le note la prefelicidad en los ojos. Así que Malena se ofrece a sacar la basura, dobla su tesoro en ocho partes y se lo coloca entre el calzón y la espalda, como una pequeña joroba que se disimula gracias al holgado vestido de flores.

Después de instalado el estéreo-promesa caminan Malena, la madre y Rodri a casa de la abuela. Es peligroso porque la madre puede tocar la espalda de Malena y darse cuenta de que algo no anda bien así que la niña mantiene un poco la distancia, pero sin bajarse de la acera. Concluye que si cuenta las líneas del asfalto, si se concentra exclusivamente en enumerarlas, llegará a casa de la abuela sin ser descubierta.

Una vez ahí la madre se despide, tiene que regresar a la oficina.  Entonces Malena puede ir al baño a limpiarse un poco la espalda sudorosa y a liberar su plástico-promesa porque la abuela nunca la obliga a compartir, sólo le dice mi Malena, y le da un beso en el pelo o le hace un pellizco suave en la nariz.

Pero el olor a buñuelos recién hechos provoca que Malena baje la guardia y aparte la vista del plástico aquel, con todas sus promesas de felicidad. Es entonces cuando Tomás, el primo más pequeño, encuentra las burbujas y se pone a saltar sobre ellas. Pero es tan chico Tomás que rebota y tarda mucho en poder reventarlas todas.

Malena disfruta las carcajadas de Tomás y al mismo tiempo resiste la angustia de presenciar cómo, lo que estuvo tan cerca de ser, acaba no siendo. Mira el espectáculo hasta que aquello queda convertido en un plástico liso, roto y sucio a causa de la suela de los pequeños zapatos. Entonces se limpia la boca llena de migajas de buñuelo con miel, se acuesta boca abajo en la cama y llora debajo de una almohada hasta que todo alrededor de su rostro se vuelve caliente y da trabajo respirar. O más bien, hasta que la abuela la encuentra y le pregunta qué pasó, y más adelante ¿por qué no le dijiste a Tomasito que el plástico era tuyo?.

Tienes que decir las cosas, dice la abuela Espero que sea lección aprendida, agrega. Le besa la frente y le da un buñuelo más que a los otros nietos. Pero Malena solo aprende que a veces, para que unos sean felices otros tienen que sentarse y mirar, que en ocasiones la felicidad es por turnos.

Lolbé González Arceo

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