Compañeras

Cerca de mi casa, hay un supermercado; acostumbro ir desde que lo inauguraron. Conozco su distribución y puedo organizar lo que voy a comprar recorriendo los pasillos mentalmente cuando hago la lista de víveres.

La primera sección que encuentras es la florería. Siempre decorada por varios grupos de globos de colores, formas y frases emotivas sujetados a un enorme aparato de helio. Al fondo, una pared acondicionada para albergar flores diversas de las cuales solo puedo apreciar su belleza porque no sé sus nombres. Las más comunes tienen recipientes adicionales distribuidos por el resto del lugar. Rosas rojas, blancas, lilis o margaritas. La sección tiene un aroma delicioso, el aroma verde de las flores y las plantas es reconfortante. Un pedacito de naturaleza entre tanta superficialidad.

Justo a la división de la florería colocan estantes donde ofrecen nochebuenas de diferentes tamaños apenas se asoma el invierno.

Hace algunos años, un antiguo jefe nos regaló a cada empleado una pequeña pero con grandes hojas rojas. Mi compañera de escritorio y yo decidimos solo tener una y compartirla. Era nuestra nochebuena. Pero aquella se entristeció y para finales del siguiente enero, murió.

Hace un par de años, fui al supermercado en vísperas de navidad y me detuve a verlas. Recordando la primera que tuvimos, me animé a comprar una. Tenía ya tres brillantes flores rojas y la llevé a la oficina.

No sé mucho de plantas, mucho menos de una tan especifica como esa, pero dicen que es una planta de mucho cuidado. El clima, la luz y el riego influyen mucho en su bienestar. Por supuesto la época del año también hace su trabajo, como con todas las plantas y su florecimiento, pero escuché que la nochebuena es especial.

Nos decían que no duraría más allá de la primavera, pues la delicadeza de su ser no soporta los extremos de temperatura. Para nuestra sorpresa (y gusto), la plantita sobrevivió ese invierno. Despidió sus hermosas hojas rojas y cuando caímos en cuenta, era otoño y la pequeña nochebuena seguía con nosotras, vistiendo de verde esperando de nuevo el invierno. A veces se le veía triste, pues de pronto por tanto trabajo, las dos olvidábamos darle de beber, pero apenas nos dábamos cuenta del estado de sus hojas, inmediatamente remediábamos el descuido esperando que volviera a alegrarse. A ambas nos invadía el temor de verla morir por su delicadeza.

Dicen que las plantas se encariñan con sus cuidadores. Son seres vivos que sienten y de alguna manera entienden nuestro ánimo.

Llegamos de nuevo a diciembre y la plantita nunca pintó sus hojas de rojo, en cambio lucía unas enormes hojas verde brillante. No cambiamos nunca la macetita, la verdad es que no le dimos muchísimo mantenimiento, únicamente la procurábamos y ella lucía feliz. Mi amiga y yo somos así. Nos gusta ser, nos gusta mostrar nuestras atenciones y a la vez somos reservadas. Nos procuramos lo suficiente para saber que estamos ahí para la otra pero respetamos el espacio de cada una.

Sentimos que nuestra plantita adoptó nuestra personalidad, pero aun así, pensamos que quizá a ambas nos faltaba un poco de amor hacia ella en respuesta de su tiempo con nosotras. Llegamos a la conclusión que quizá necesitaba una nueva y más grande maceta que pudiera hacerla crecer. La idea quedó en el aire pues luego pensamos que moverla podría entristecerla. Vivió con nosotras tres inviernos, al finalizar el ultimo, vimos atices de su bello color. El rojo aterciopelado comenzó a propagarse en las hojas más pequeñas como manchas de pintura y nos alegramos de ver que nuestra amiga continuaba a gusto con nosotras.

Volvimos a la idea de obsequiarle un nuevo recipiente. La pequeña estaba pintándose de nuevo y quizá pronto volvería a estar en su máximo esplendor. ¿En primavera? No lo sé, no sé de plantas, solo sé lo que vimos y la plantita estaba pintándose de nuevo.

Llevamos tierra nueva y piedritas para decorarla. La cambiamos animadas esperando hacerla feliz y dejamos a un lado el recipiente de plástico que la sostenía desde que llegó.

“Que bárbaras, ni una macetita le hemos podido comprar en todo este tiempo, ya va siendo hora” pensé por un momento.

Penosamente, una semana después sus hojas comenzaron a arrugarse y se perdió el nuevo tono.  El tallo se secó.

Cuando supimos qué paso, era tarde ya. La maceta que antes tenía la ayudaba a drenar el agua que no consumía y la nueva que escogimos no. No lo sabíamos. Una maceta es una maceta. La plantita necesitaba agua y se la dimos, emocionadas porque estaba al inicio de su mejor temporada, según nosotras, pero la ahogamos sin querer.

Me entristece pensar que vivió a nuestro lado tres inviernos. La conocimos en su rojo brillante, la acompañamos cuando no pudo pintar y nos alegramos cuando vimos que lo haría de nuevo. Mi compañera y yo entendemos que entre nosotras el espacio es suficiente, las palabras no son tan necesarias, pero pudimos ser diferentes con nuestra plantita. Era delicada, hermosa y de un brillante color que, me gusta pensar, guardó esperando sentirse completamente en casa.

Sandra Ramírez

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