XV. CLEMENTINA

Clementina siempre dijo que iba a viajar. Lo dijo incluso la mañana que salió con una mochila gris rumbo a estación Tormenta mientras su esposo e hijos la veían desde la ventana en el tercer piso con un pesado sentimiento de decepción.

Clementina se repetía siempre quise viajar, convencida como lo puede estar de la vida una rama seca. Quería viajar sin saber por qué o para qué. Había empacado tres mudas de ropa y lo básico para higiene pero le faltaba romper el lazo que la mantenía unida, ya no digamos a su familia, sino a la mesa del comedor: trabajaba ahí; desayunaba, comía y cenaba ahí; educaba; se cortaba las uñas; consultaba y escribía en sus redes sociales y seguía sus series favoritas recargada en ese tablón para cuatro personas.

Clementina llegó a estación Tormenta y sintió hipersensibilidad al espacio. Era raro ocuparlo, agregarse a las líneas que los trayectos de otros dibujaban o atravesarse a ellas. Clementina temía que su mochila le estorbara a los demás. Al más leve rozón con alguien pedía perdón.

Finalmente llegó a una banca. Había estado sentada ahí apenas hace tres semanas. Inmediatamente borró esa línea de pensamiento y dirigió su mente a palabras sueltas: mis hijos, mi marido, los años que pasan, mis ganas de sentir el sol a las diez de la mañana, a las seis de la tarde, el viento, el olor del mar, de buscar café temprano, de ponerme el vestido azul. Hasta llegar a las palabras clave vestido azul su mente pudo formar una imagen más nítida. Ella en el vestido azul, con tirantes y una caída ligeramente juvenil, holgada. La fantasía estaba lista para engrosarse. En su mente, el regalo de vida estaba dado: sentía el café; veía un malecón genérico, un atardecer de instagram; e incluso, en el espejo de alguna cafetería antigua, su reflejo bronceado con los hombros desnudos enmarcados por el estupendo vestido y su rostro opaco: brillante; sus largas y huesudas manos sosteniendo un espresso.

Cada vez que llegaba el tren, se abrían las puertas, la gente salía, la gente subía, sonaba el timbre, se cerraban las puertas y Clementina veía irse el tren. Comenzó a sentir la garganta cerrada y los ojos llorosos y pensó hay algo insoportable en el ambiente. Vio pasar frente a ella todos los videos y memes sobre mujeres valientes, mujeres chingonas, tips de viajeros, las cuatro recomendaciones para ser feliz, para ser libre, el decálogo del intrépido pero ninguna voluntad la hizo levantarse de la banca y subir al tren y partir rumbo al dichoso viaje.

Por fin, sus isquiones pegados a la banca se despegaron. Clementina aspiró y contuvo el aire, luego exhaló toda la negatividad acumulada. Se tomó una selfie de ella con el pulgar levantado donde pudieran verse los elementos importantes: su mochila, la estación detrás de ella, el tren llegando, ella ocupando ese espacio. Escribió la etiqueta #viaje #lifeisgood #estaciónTormenta, seleccionó el filtro Rise y posteó la imagen en sus redes sociales.

Cuando Clementina subió los tres pisos, las luces blancas iluminaban su paso mientras la electricidad hacía un ruido molesto y repetitivo. Llegó a casa y había un plato en la mesa esperándola, como siempre. Su esposo le dio un largo abrazo. Ella dejó la mochila en el vestidor y se miró en el espejo: su rostro opaco seguía opaco. La estaban llamando a cenar frenéticos, festivos. Le sirvieron unos hot cakes muy redondos con Nutella y nadie habló, jamás, de sus ojos hinchados ni de su viaje a estación Tormenta.

Mónica Flores Lobato.

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